Porque aún no.
Aún no estaba lista para dejarlo entrar de nuevo.
El reloj de la esquina de la pantalla marcaba las 16:15 cuando decidí que ya era suficiente. Las tareas de la lista estaban casi todas tachadas o delegadas; el informe de cumplimiento aprobado y enviado, el contrato con Legal coordinado, la presentación con los datos nuevos incorporados. Lo demás podía esperar al lunes. O a Sebastián. Hoy no iba a quedarme ni un minuto más de lo necesario en esta oficina que olía a él incluso con la puerta cerrada.
Apagué el ordenador a las 16:30 en punto. Quince minutos antes de mi hora habitual los viernes. Nadie lo notó. O si lo notaron, nadie dijo nada. Recogí el bolso, me puse el abrigo y salí sin mirar atrás. El ascensor bajó despacio, como si el edificio mismo quisiera retenerme. En la planta baja saludé al portero con un gesto breve y salí a la calle.
Metro. Otra vez. Me gustaba el anonimato del vagón con gente cansada, auriculares, miradas perdidas. Nadie sabía quién era yo ni de dónde venía. Me senté junto a la ventana, auriculares puestos, playlist de lo-fi que no pedía atención. Miré desfilar los túneles negros y las estaciones iluminadas sin verlas de verdad. Por primera vez en todo el día sentí que respiraba un poco más hondo.
Cuando entré, el profesor ya estaba encendiendo los proyectores y los demás alumnos, charlaban en corrillos. Me senté en mi sitio habitual, al fondo, saqué la tablet y el lápiz óptico.
Y me desconecté.
Durante dos horas no existió ni el ático, ni la oficina, ni Portugal, ni Sebastián. Solo líneas, colores, capas, texturas. El profesor nos puso un ejercicio libre: “dibujen lo que les pesa hoy”. Yo dibujé una figura femenina de espaldas, con el pelo cayéndole como una cascada negra, y detrás de ella un hombre hecho de sombras que se deshacían en humo. No era bonito. Era crudo. Pero cuando lo terminé sentí que algo se aflojaba dentro del pecho.
Cuando acabó la clase, a las 20:00, mis compañeros empezaron a recoger. Lucía se acercó a mi mesa.
—Oye, Chloe, ¿vienes con nosotros? Es viernes. Vamos a tomar algo y luego a cenar en ese sitio nuevo de t***s que abrieron en la plaza. Nada fancy, cerveza y croquetas. ¿Te animas?
Dudé un segundo. Miré el móvil: ningún mensaje. Ni de él. Ni de nadie. Solo la hora y la batería al 42 %. Me encogí de hombros.
—Vale. Pero no me quedo mucho. Estoy cansada.
El bar estaba a dos calles, un sitio pequeño con mesas altas y luces cálidas. Pedimos cañas, patatas bravas, jamón y una jarra de sangría que nadie pidió pero que llegó igual. Hablamos de tonterías. Yo sonreí, asentí, incluso me reí un par de veces. Fue raro. Fue… normal. Por un rato olvidé que mi vida se había convertido en una agenda corporativa y un ático demasiado grande.
Pero a las 21:00 el cansancio me cayó encima como una losa. Los ojos me pesaban, la cabeza me dolía de tanto fingir que todo estaba bien. Me levanté.

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