—¿Es cierto eso, señor Mariano?
Mariano, reconocido como el magnate más poderoso de Nueva Almería, aparecía a menudo en las portadas de las revistas de negocios más importantes. Su reputación de esposo ejemplar era bien conocida, por lo que el policía lo reconoció de inmediato.
Patricio y Maribel, ansiosos, alargaron el cuello y miraron a Mariano con expectación.
—Señor Mariano, sé que Bego es su esposa, pero no debería ocultar la verdad. Una mujer tan malvada como ella, que por un lío sentimental de hace años entre mi hija y su mamá, se atreve a lastimar a su propia hermana… No puede encubrirla.
—Mi hija y su bebé todavía están en peligro…
Al notar la vacilación de Mariano, Begoña se puso pálida y retrocedió un par de pasos, hasta dejarse caer en el sofá.
En ese momento, una voz distinta interrumpió la escena.
—Mi nuera es buena persona, jamás haría una cosa así —Catalina entró con Reina, habiendo escuchado todo al llegar. Cruzó la puerta y se plantó frente a Begoña, repitiendo con firmeza—: No fue mi nuera quien empujó a nadie.
—¿A poco no es así, hijo?
Finalmente, Mariano habló:
—Mi esposa no empujó a nadie por las escaleras. Les pido que investiguen bien.
Patricio y Maribel, al oír esto, se quedaron descompuestos, mirando a Mariano con odio, como si quisieran devorarlo vivo.
De pronto, llegó la enfermera.
—¿Los familiares de Rosario?
—¡Aquí! ¡Estamos aquí! —gritaron Patricio y Maribel.
—Lamento informarles que el bebé no pudo salvarse.
Al escuchar esto, Mariano, con el semblante sombrío, ordenó:
—No importa cuánto cueste, salven a la madre.
Ante las miradas sorprendidas de todos, Catalina se apresuró a explicar:
—Al final de cuentas, es pariente lejana mía.

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