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La Desaparición de la Esposa Hacker romance Capítulo 74

Todos los presentes se quedaron sin aliento, incapaces de reaccionar por un instante.

Todo ocurrió en cuestión de segundos.

—¡Señora, tenga cuidado!

Una pequeña figura salió disparada hacia Begoña y la empujó lejos del peligro.

Por la fuerza del impulso, el niño terminó rodando por el suelo, alejándose unos metros.

Begoña cayó al piso, sintió un mareo intenso, y cuando alguien la ayudó a levantarse, todavía estaba desorientada, como si flotara en una nube.

—¡Cuñada!

—¡Bego!

—¡Tía!

Las demás madres y padres también gritaban, inquietos:

[¡Sra. Guzmán!]

—Cuñada, ¿estás bien? ¿Te lastimaste? —Ofelia la sujetó con desesperación, revisándola de pies a cabeza. Solo se tranquilizó al ver que no tenía heridas graves.

Si su hermano se enteraba de que llevó a su cuñada y ni siquiera pudo protegerla, seguro que no le pondría buena cara.

—No me pasó nada.

Begoña, aunque débil, respondió enseguida y fue directo a ayudar al pequeño héroe. Se agachó frente a él, sacudió el polvo de su ropa y revisó con cuidado cada parte de su cuerpo. Notó que tenía la palma de la mano raspada, la piel levantada por el roce con el suelo.

—Gracias, pequeño.

—Vamos al hospital para que te curen, ¿sí?

Pero el niño apenas le dio importancia al rasguño.

—Señorita guapa, con que la maestra me ponga un poco de yodo ya está. Mi papá dice que soy un hombrecito, que un raspón no es nada.

—¿Y usted, está bien, señorita?

Ver que el niño, a pesar de su herida, se preocupaba por ella llenó a Begoña de una calidez inesperada. Sonrió, negó con la cabeza, y al voltear hacia Renata, su mirada se endureció, oscura como una tormenta.

—¿Así que esta es la niña de la que dice que sabe comportarse, abuela? —su voz era ácida—. Yo jamás adoptaría a una criatura así de problemática.

Catalina no podía creer lo que Renata acababa de hacer. Sin pensarlo, giró y le dio una bofetada. Luego reprendió a la niñera que siempre la acompañaba.

—¡¿Qué esperas? ¡Llévatela de inmediato!

Las empleadas corrieron al instante a cargar a Renata. La niña, aturdida por la cachetada, no reaccionaba.

En su cabeza solo resonaban las palabras de Rosario:

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