El beso de Mariano descendió con fuerza sobre los labios de Begoña, pero ella giró la cabeza y lo esquivó.
Sus labios terminaron rozando el cuello níveo de Begoña, donde la besó con una intensidad casi salvaje, como si quisiera dejar marcado en su piel que le pertenecía solo a él.
Sin ningún miramiento, rasgó el vestido de Begoña. Su mano grande recorrió toda la curva de su espalda hasta alcanzar su muslo, la levantó y le rodeó la cintura con la pierna.
Pero de pronto, su cuerpo se quedó completamente inmóvil.
Durante todo ese tiempo, Begoña no emitió ni un solo sonido.
Dentro del carro, un Rolls Royce último modelo, reinaba un silencio asfixiante.
Mariano, con la rabia desbordando por sus venas, levantó la cabeza y vio a Begoña derrumbada en el asiento. Su cabello estaba hecho un desastre, la ropa destrozada, el rostro bañado en lágrimas. Sus ojos, vacíos y llenos de tristeza, no mostraban ni una chispa de vida. Parecía una muñeca frágil y rota, pálida y maltratada por el mundo.
Jamás la había visto así, tan apagada, como si hubiera decidido abandonar todo lo que le importaba.
Aterrorizado, Mariano la abrazó con fuerza y le secó las lágrimas de la cara.
—Perdóname, amor, por favor —susurró con desesperación.
Pensó en el bebé que ella llevaba en el vientre, en lo débil que estaba aún. ¿Cómo había podido llegar al extremo de lastimarla así?
La culpa lo atravesó de golpe. Si pudiera, se habría dado una bofetada con tal de que Begoña lo perdonara.
—Es que te amo tanto —soltó, casi suplicando—. Cuando te vi platicando a solas con ese tipo, tan cercanos, y luego aceptaste ir a su evento… me llené de celos. Amor, no soporto la idea de que te acerques a alguien más. Tú eres solo mía.
—Prométeme que no irás a esa presentación. No vuelvas a verlo, ¿sí? No quiero que te acerques más a ese hombre.
Mariano la apretó aún más, aferrándola como si temiera que se desvaneciera. Ella no tuvo más opción que quedarse pegada a su pecho, escuchando su confesión desesperada. Pero en vez de consuelo, su corazón solo se sintió más vacío y seco.
Él decía amarla tanto, pero había engañado a Begoña con su propia hermana de padre.
Decía amarla tanto, pero sabiendo cuánto deseaba tener otro hijo, le había dado pastillas anticonceptivas a escondidas.
Decía amarla tanto, y aun así, no dejaba de mentirle.
¿De verdad la amaba? Si uno lo pensaba bien, eso no era amor. Era solo el deseo de encerrarla, de poseerla completamente.
La tenía atrapada en una jaula disfrazada de amor y promesas de matrimonio, atada de pies y manos, sin libertad para decidir nada, obligada a depender de él.
Y mientras ella vivía encerrada, Mariano hacía lo que le daba la gana afuera.

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