Se sentaron, cada uno a un lado de la mesa.
—Bego, tienes que llevarte al niño y divorciarte de él —la voz de Álvaro no sonaba a una sugerencia, era una orden.
Al escuchar esas palabras, Begoña sintió una punzada de vergüenza. Todo lo que había pasado antes, Álvaro lo había presenciado. Y con lo atento que era, seguro había entendido la situación por completo.
—Álvaro, mejor hablemos de ti —intentó cambiar el tema, sin querer arrastrarlo a sus problemas.
Pero en cuanto Begoña desvió la conversación, Álvaro apretó la mano sobre el reposabrazos, notando cómo sus nudillos se tensaban. Sabía que ella seguía amando a Mariano, aunque él la hubiera traicionado, aunque tuviera una amante afuera.
Y para colmo, esa amante era su media hermana.
Álvaro giró la cabeza para mirarla de frente, y sus ojos oscuros se volvieron aún más profundos.
—Mañana, la Universidad Real de Santa Fe va a dar una conferencia de prensa para anunciar oficialmente quién soy. ¿Puedes acompañarme?
Vaciló un segundo y luego añadió:
—Quiero que te unas a mi equipo de investigación. Necesitamos alguien que nos ayude a construir un sistema de protección, para que nadie pueda robar ni atacar lo que estamos desarrollando.
Begoña no esperaba que Álvaro la invitara. Sin embargo, en poco tiempo ella tendría que dejar Nueva Almería.
Percibiendo sus dudas, Álvaro insistió:
—Confío en que tú, con tu talento, podrías levantar un sistema de defensa en tiempo récord. De verdad te necesito.
Apenas terminó de decirlo, un estruendo retumbó afuera —¡pum!—, seguido de los gritos sorprendidos de varias personas. Una silueta irrumpió en la sala privada.
Antes de que Begoña pudiera reaccionar, alguien la tomó del brazo y la jaló con fuerza, haciéndola caer en sus brazos.
Mariano la sujetaba, sus ojos negros llenos de rabia. Su voz era un cuchillo:
—Profesor Álvaro, ¿qué necesita usted de mi esposa?
Las miradas de ambos se cruzaron. El aire en la sala se volvió tan denso que nadie se atrevía a respirar.
—Suéltala —Álvaro le ordenó a Mariano sin rodeos—. Le estás haciendo daño.
El dolor le subía por la muñeca a Begoña, apretada con tanta fuerza que casi sentía que se le partía el hueso. Intentó zafarse, pero Mariano, que antes habría reaccionado con ternura, esta vez solo apretó más.

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