Simón tomó las piernas de Begoña y las acomodó suavemente sobre sus muslos. Con cuidado, le quitó los zapatos. La piel de sus pies, tras tanto tiempo sumergida en el mar, lucía blanquecina e hinchada, con varias marcas y cortes de las ramas, todo eso golpeó la mirada de Simón de inmediato.
—¿Simón? —Begoña se puso nerviosa, sujetó la mano de él y quiso retirar las piernas, pero él le sostuvo los tobillos con firmeza. No le dolía, pero la presión era innegable.
Simón aceptó el botiquín que el secretario, sentado en el asiento del copiloto, había preparado sin que nadie se diera cuenta. Lo abrió y sacó una botellita de yodo.
—Déjame, yo puedo hacerlo.
A Begoña le daba muchísima pena que Simón fuera quien le curara las heridas de los pies.
—No puedes verte —la voz de Simón era serena, tranquila, como si nada pudiera alterarlo.
Begoña cedió y soltó su mano. Simón empapó una gasa con el yodo y la apoyó con delicadeza en la planta de su pie. El frío y el escozor subieron por su cuerpo directo a su cabeza, y no pudo evitar dejar escapar un quejido bajo.
—¿Te duele?
Begoña negó con la cabeza.
Sin embargo, Simón bajó aún más el ritmo, envolviendo poco a poco su pie con la gasa, hasta terminar con un nudo en forma de moño. Sus manos largas y cuidadosas se quedaron un instante más sobre el empeine, mientras la miraba de frente.
—Mi abuela ya está grande y mi abuelo se fue esperando que yo formara una familia. Mi madre no quiere que mi abuela también se lleve ese pesar.
Simón levantó la mirada y preguntó, sin rodeos:
—¿Podemos hacer una boda?
Begoña parpadeó, sorprendida. Sus ojos grandes lo miraron sin comprender del todo.
—Si no quieres, lo entiendo —añadió Simón, y con un gesto recogió la falda larga de Begoña para cubrirle bien las piernas.
Begoña sabía que la familia Prieto, en realidad, no la veía con buenos ojos. No tenía ningún interés en hacer una boda solo para complacer a Elena Prieto. Pero Carla y Rafael le caían bien, y además, en este matrimonio, ella había salido ganando. Simón siempre había sido bueno con Josefa, y hacía poco hasta le había salvado la vida. Si lo pensaba bien, ella debía corresponderle de alguna forma, aunque solo fuera por agradecimiento.
Mirando el modo en que Simón la cuidaba, Begoña respiró hondo y propuso:
—Podemos hacer algo sencillo, solo invitar a la familia y a los amigos más cercanos, ¿te parece?

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