La puerta principal se abrió de golpe. En cuanto Begoña vio a Mariano, la calidez habitual en su mirada se desvaneció para dar paso a una expresión dura y cortante. El corazón de Mariano se encogió con fuerza.
Ni siquiera alcanzó a decir palabra cuando, en un parpadeo, la puerta volvió a cerrarse justo en su cara.
—Amor, vine a pedirte perdón —la voz de Mariano sonó suave, pero por dentro solo sentía nubarrones.
—Me puse un poco ansioso, lo admito, pero jamás lastimaría al profesor Álvaro ni a Joaquín.
Con una mano larga y elegante, tocó la puerta como si se tratara de un tesoro. Miró hacia dentro; la vio tan delgada, aún pálida tras el accidente, y la tristeza, mezclada con esa añoranza que no lo dejaba en paz, le llenó los ojos. Moría de ganas de abrazarla.
De pronto, la puerta se abrió de nuevo y Mariano, con el corazón latiéndole con fuerza, levantó la mirada. No era Begoña, sino Álvaro, que lo miraba con cierta satisfacción en el gesto.
—Esto es un Transformer para Joaquín, y esto —sacó un documento— es el contrato de colaboración para ti —Mariano bajó la mirada, la voz le salió algo rígida, pero trató de mirar más allá de Álvaro, buscando a Begoña. Sin embargo, Álvaro salió y cerró la puerta tras de sí.
—No lo necesito —Álvaro le lanzó una mirada cortante al guardaespaldas que le ofrecía los objetos.
—Por favor, señor Mariano, compórtese y deje de molestarme a mí y a la madre de mi hijo.
El peso de esas palabras, “la madre de mi hijo”, cayó como plomo.
Mariano apretó los puños a los costados, tanto que los nudillos tronaron. Por más que le hervía la sangre, tuvo que tragarse el orgullo.
—El regalo para Joaquín no es cosa tuya —dijo, y personalmente le entregó el Transformer.
Álvaro lo miró un momento. Él siempre procuraba que Joaquín decidiera por sí mismo, así que fue a preguntarle si quería el regalo. Un rato después, regresó y lo tomó.
—Ya te puedes ir —Álvaro lo despachó sin rodeos. Mariano, sin opciones, se alejó hacia la casa.
—Señor, la imagen se ve bien —el jefe de seguridad le entregó a Mariano una tableta. En la pantalla se veía la transmisión en tiempo real de la cámara de vigilancia.
A ratos la imagen se tapaba, otras veces era clara, y entre todo eso se escuchaba la voz de Joaquín. De pronto, apareció Begoña.
—Mamá, mira, es el Transformer nuevo.
Begoña sonrió, pero respondió:
—Joaquín, si quieres algo, dímelo y yo te lo compro. Los regalos de ese señor, mejor no los aceptes, ¿sí?
—Pero papá siempre decía que me lo iba a comprar y nunca lo hizo. Yo lo esperé mucho tiempo —dijo Joaquín con un dejo de tristeza.
La imagen se oscureció. Solo se escuchaba —tum tum, tum tum—, el ritmo de un corazón.
Mariano entendió que tanto el Transformer como Joaquín habían terminado en los brazos de Begoña. Así, escuchando cómo latía fuerte ese corazón, sintió una mezcla de tristeza y alegría.
“Al menos el corazón de mi esposa está bien”, pensó.

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