El secretario no pudo contenerse y soltó:
—Sr. Sebastián, nuestro jefe ya tiene prometida.
Simón no detuvo las palabras del secretario, simplemente lo miró con calma, sin mostrar emoción alguna. El mensaje del secretario era, en realidad, el suyo propio.
Sin embargo, Sebastián insistió:
—Paulina resultó herida en el pecho. Cuando sane, le quedará una cicatriz. ¿En ese estado, cómo esperas que se case con alguien más?
—Ella solo tiene ojos para ti.
—Además, ustedes tuvieron algo en el pasado.
—Paulina nunca quiso que te lo dijera, pero después quedó embarazada.
—Cuando se enteró, tuvo una hemorragia terrible; era un embarazo ectópico, casi pierde la vida. ¿Sabes lo peligroso que fue eso?
El secretario, sorprendido, miró a Simón. Pero al ver que el jefe mantenía esa expresión imperturbable y distante, no se atrevió a decir nada más.
—¿Eso fue lo que ella te contó? —la voz de Simón resultó dura, casi cortante.
—¿Y qué? ¿Ahora no piensas reconocerlo?
—Paulina siempre ha sido recta, nunca ha tenido a otro hombre más que a ti.
—Por cuidar tu reputación, ella nunca dijo nada.
—Si no fuera por esa hemorragia, ni yo habría sabido que ya habías estado con ella en aquel entonces —Sebastián, seguro de tener la razón, alzó la voz—. ¡Esta boda tienes que aceptarla, te guste o no!
—Estoy pensando en el bien de la familia Pascual. Sabes que tus padres valoran mucho el nombre de la familia, y no querrás ser tú quien manche la reputación de los Pascual, ¿verdad?
Al notar la tensión en Simón, Sebastián bajó un poco el tono:
—Paulina fue criada por mí como una verdadera señorita de sociedad, puede sostener la imagen de la familia Pascual. Además, la familia Duarte puede impulsarte aún más alto.
Simón solo respondió con frialdad:
—Mañana volveré a visitar a Paulina.
Sebastián detectó el fastidio en Simón, y aunque sabía que estaba presionando demasiado, no quiso seguir apretando el asunto.
—Simón, Paulina es tranquila, amable y con un carácter admirable. Después de casarse, nunca será una carga para ti.
—Si de verdad no puedes olvidar a la señorita Begoña, en el futuro...
Lo que Sebastián no sabía era que cada palabra que salía de su boca pisaba el terreno más peligroso de Simón.
Simón rara vez perdía el control, casi nada le hacía enojarse. Sin embargo, en ese instante, sus ojos, antes tan serenos como un cielo sin nubes, se tornaron como relámpagos. No hubo un cambio visible, y aun así, Sebastián sintió un escalofrío recorrerle la espalda, como si lo hubieran atravesado por completo.

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