La mano de Mariano, colgando a su costado, se apretó con tanta fuerza que los nudillos le palidecieron. Por un segundo, deseó soltarle un puñetazo a ese tipo hasta dejarlo buscando los dientes por el suelo. Y bien sabía que podía hacerlo si quería.
Solo que...
No quería que su esposa se enojara otra vez.
—Compra la casa junto a la familia Gutiérrez —le ordenó Mariano al jefe de seguridad.
El jefe de seguridad asintió y comentó:
—Señorita Betina llamó para invitar a la señora y a Tamara a pasar unos días en Puerto Quetzal. Ella quiere llevar a Agustín con ellas.
Al ver cómo el nombre de Agustín oscurecía el semblante de Mariano, el jefe de seguridad supo que el jefe seguía culpándolo por haberle revelado la verdad a la señora.
Durante tres años, Agustín había vivido en el orfanato. Incluso cuando le descubrieron un problema del corazón, el jefe no permitió que lo sacaran de ahí.
Qué injusto.
Aun sabiendo que arriesgaba el enojo de Mariano, el jefe de seguridad se atrevió a aconsejar:
—Quizá si la señora ve a Agustín, cambie de opinión.
—Usted sabe cuánto lo quería antes. Todo lo de Agustín lo manejaba en persona.
Al escuchar esto, los recuerdos golpearon a Mariano. Recordó aquellas veces en que ella se olvidaba de todo y de todos, incluso de él, por ayudar a Agustín a hacer sus tareas del kinder.
Siempre le importaba más Agustín.
Mariano contestó con un sencillo:
—Ajá.
...
Hospital militar, área de internados.
Paulina salió de cirugía y cayó en coma.
Simón permanecía sentado en el sillón de la habitación, revisando papeleo del trabajo.
—Jefe, podemos quedarnos nosotros aquí —se atrevió a decirle el secretario, notando lo agotado que lucía.
Simón dejó los papeles a un lado y se frotó el entrecejo, la mano alargada marcando las arrugas del cansancio.
No podía evitar recordar el ruego silencioso de Paulina antes de que se desmayara... y la forma en que la familia Duarte solía manejar las cosas.
—¿Cómo va la investigación?
Preguntó con un tono sereno, casi distante.
El secretario dudó antes de responder:

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