Begoña por fin se dio cuenta de que había estado aferrándose al muslo de Álvaro, así que lo soltó de inmediato.
Quiso disculparse, pero las voces que se oían afuera, ese coqueteo descarado y los susurros enredados de Rosario y Mariano, la inundaron de una tristeza tan honda que no pudo contenerse. Se cubrió la boca con la mano, temerosa de soltar un sollozo y que todos la escucharan.
La voz melosa de Rosario se filtró desde fuera.
—Esta noche, ¿podrías tú ocupar el lugar de Iván en la luna de miel? ¿Sí?
—Desde niña soñé con casarme por amor, llegar de la mano hasta envejecer juntos, despertar cada día con la persona que amo... Pero desde que te conocí, desde que me enamoré de ti, supe que una boda sencilla y tranquila nunca sería posible para mí. Aun así, el día de mi compromiso, de mi boda, el único que quiero a mi lado eres tú. ¿Podrías concederme este pequeño deseo? —La súplica de Rosario sonaba tan frágil que daba lástima.
Mariano contestó con una voz cargada de deseo, que a Begoña le caló hasta los huesos.
—¿Y no te da miedo después de haber perdido al bebé?
—Claro que me da miedo, por eso Mariano tiene que ser más tierno conmigo —replicó Rosario, coqueta.
Mariano soltó un susurro satisfecho, provocando que los nervios de Begoña se tensaran hasta el límite.
No aguantó más. Alzó la mano y apretó el picaporte de la puerta.
—Hermano, no salgas —suplicó, incapaz de seguir soportando la escena.
Justo cuando presionó el picaporte, sintió como Álvaro la sujetaba por la cintura y la atraía con fuerza, haciéndola caer en sus brazos, quedando frente a frente, abrazados.
Álvaro la mantuvo apretada contra su pecho y le susurró al oído, buscando tranquilizarla.
—Bego, solo faltan diez días para que puedas alejarte de él para siempre.
—No vale la pena seguir sacrificando tu salud por alguien así.
Begoña levantó la cara empapada en lágrimas; sus ojos, llenos de un dolor imposible de ocultar, buscaron a Álvaro.
La mujer que Álvaro había añorado durante seis años enteros estaba ahora en sus brazos, tan vulnerable y dulce que despertaba en él un cariño imposible de reprimir. Su pecho ardía de amor, buscando una respuesta, una señal de que ella también lo sentía.
Con delicadeza, Álvaro le limpió las lágrimas del borde de los ojos. No pudo evitar que la compasión y el deseo lo invadieran por completo.

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