La puerta estaba bloqueada por un viejo armario de madera; apenas pudieron abrir una rendija. Rosario echó un vistazo al interior, que estaba sumido en la oscuridad, y volvió a cerrar la puerta.
Solo hasta entonces, cuando la tensión en sus cuerpos se disipó un poco, Begoña y Álvaro notaron el ambiente extraño en el que se encontraban.
Para evitar que Rosario los viera, Begoña se apretó contra el pecho de Álvaro. A través de la tela ligera de su blusa, sentía el latido turbulento y potente de su corazón.
—Esperemos un poco antes de salir —murmuró Álvaro, con una voz grave y cercana, el aliento cálido rozando la oreja de Begoña. Un hormigueo recorrió todo su cuerpo, como si una corriente eléctrica hubiera invadido sus venas.
A Begoña le vino a la mente el recuerdo de la recámara de Álvaro, donde colgaban decenas de retratos suyos. Recordó cómo él solía dormir abrazando su foto de boda. El rubor le subió hasta las mejillas y, avergonzada, no se atrevió a moverse ni un milímetro.
—Sí... —apenas pudo responder, en un murmullo.
De pronto, la voz de Rosario, entrecortada por el llanto, atravesó el silencio:
—Mariano, yo te amo... Por favor, no dejes que me case con Iván.
El cuerpo de Begoña se tensó al instante.
¿Mariano estaba ahí afuera también?
Contuvo el aliento y se quedó atenta, pero no escuchó ninguna respuesta de Mariano.
—La señora Barrera me dijo que para entrar a la familia Barrera, tengo que seguir sus reglas... Que debo darle hijos a Iván. ¡Me quieren obligar! —La voz de Rosario se quebraba más y más mientras sollozaba.
La mano de Begoña, colgando a su costado, empezó a apretarse con fuerza.
Álvaro, al notar la rabia de Begoña, se inclinó hacia su oído y susurró para tranquilizarla:
—Ese matrimonio ya está decidido, Bego. Los Barrera son conocidos en todo el pueblo, no van a permitir que ella se eche para atrás.
—Bego, su castigo llegará tarde o temprano.
Eso la calmó un poco. Se obligó a respirar más despacio.
—Iván no te tocará —la voz de Mariano finalmente se escuchó, seca y contundente. El corazón de Begoña se encogió con violencia.
En sus peores pesadillas, siempre escuchaba ese tono de Mariano, mezclado con el sufrimiento de Rosario.

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