C1-¡¿DE QUIÉN ES MI HIJO?!
—¡Sí, nena! ¡Eres increíble! ¡Sí! ¡Muévete más!
El hombre miró a la mujer con una sonrisa satisfecha, y ella obedeció sin dudar, girando el cuerpo tal como se lo pedían, marcando la curva de la cadera, alargando el cuello, sosteniendo la mirada con una seguridad que se sentía real.
Los flashes explotaron uno tras otro hasta que, finalmente, el último destello cesó y el fotógrafo bajó la cámara.
—Perfecto, Mariam. De verdad… hiciste un trabajo excelente.
Ella le devolvió la sonrisa, ya estaba acostumbrada a ser el centro de la tormenta. Justo cuando comenzaba a relajarse una figura menuda se abrió paso entre los reflectores.
Era Lucía, su asistente, quien se acercó con pasos rápidos.
—Mariam... tienes una llamada urgente. Es de la clínica de fertilidad.
El corazón de Mariam dio un vuelco. Sus ojos azules, antes profesionales y gélidos para la cámara, se encendieron con una luz de esperanza pura.
—¿La clínica? —exclamó, sin poder contener un rastro de emoción en la voz—. ¡Lucía, tiene que ser eso! Ya te lo dije, he estado sintiendo punzadas, un cansancio extraño esta mañana... ¡Estoy segura de que funcionó!
Sin esperar respuesta, tomó el teléfono y caminó a paso veloz hacia la privacidad de su camerino.
—¿Dígame? ¿Hola? —dijo Mariam, con una sonrisa que casi se podía escuchar a través de la línea.
—¿Señorita Mariam Sabag? Habla el doctor Simmons, de la unidad de reproducción asistida —la voz al otro lado sonaba extrañamente tensa, despojada de la calidez habitual.
—¡Doctor! Qué alegría escucharlo. Estaba a punto de llamarlo yo misma. He empezado a sentir algunos síntomas, náuseas ligeras y mucha sensibilidad... ¡estoy tan feliz! Realmente siento que el proceso ha sido un éxito.
Hubo un silencio prolongado. Un silencio pesado que hizo que la sonrisa de Mariam empezara a desvanecerse gradualmente. Del otro lado, se escuchó un suspiro errático y el sonido de papeles moviéndose con nerviosismo.
—Señorita... Yo... tengo que pedirle que mantenga la calma —comenzó el médico, con la voz quebradiza—. Hemos estado revisando los protocolos de seguridad de su intervención y... se ha detectado una irregularidad gravísima en el laboratorio.
Mariam frunció el ceño, apretando el teléfono contra su oreja.
—¿Una irregularidad? ¿De qué habla? El procedimiento se hizo, usted mismo me lo confirmó.
—El procedimiento se hizo, sí, pero hubo una confusión en el etiquetado de las muestras —el médico tragó saliva, el pánico era evidente en su tono—. El esperma que se utilizó para su inseminación... no pertenece al donante anónimo que usted eligió de nuestro catálogo. Hubo un cruce de muestras con un depósito privado.
El mundo de Mariam se detuvo. El aire en el camerino pareció agotarse de golpe.
—¡¿Qué?! —gritó, negó llena de incredulidad—. ¿Qué me está diciendo, doctor? ¡¿De quién es entonces mi hijo?!
(…)
A miles de kilómetros de distancia, en la sala de espera privada de la clínica de fertilidad más exclusiva de New York, el aire vibraba con una tensión que amenazaba con trizar los cristales.
Zayd Al-Rashid, el jeque de Riad, era una presencia que devoraba el espacio. Estaba vestido con un traje de Armani hecho a medida que acentuaba sus hombros anchos y su porte aristocrático, su cabello era negro como el ala de un cuervo, y sus ojos, del mismo tono oscuro, ardían con una impaciencia peligrosa.


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