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La amante despreciada del CEO romance Capítulo 221

Leonor tragó saliva, acorralada por su propia trampa, pero su orgullo de condesa la hizo intentar recuperar el control. Se puso de pie, quedando tan cerca de él que sus pechos casi se rozaban.

—Eso a ti no te importa, Nikolai. Eres mi empleado, no tienes derecho a cuestionarme ni a controlar mi vida.

—He sido su empleado durante quince años, Leonor —replicó él, rompiendo toda barrera de etiqueta al llamarla por su nombre de pila, con una fuerza que la hizo estremecer—. Quince años en los que me he tragado el orgullo, en los que he tenido que verla sufrir, reír y llorar por hombres que no la merecían. Quince años de un maldito infierno manteniéndome a distancia. Así que no me diga lo que me importa y lo que no.

La respiración de Leonor se aceleró. Su pecho subía y bajaba con fuerza, sus ojos estaban fijos en los labios de él, sintiendo el calor que desprendía su cuerpo.

—¿Y por qué te importaría tanto ahora? —desafió ella en un hilo de voz, con el corazón latiéndole desbocado.

Nikolai sonrió de lado, con una confianza y una audacia que jamás le había visto en todos esos años. Se inclinó un poco más, rozando con sus labios la curva de su oreja.

—Dígale a su Dimitric imaginario que su tiempo se ha acabado —le susurró con voz ronca—. Porque a partir de hoy, el hombre que la va a cuidar, a proteger y a amar de verdad... soy yo.

Leonor abrió la boca para protestar, pero Nikolai no le dio espacio. La tomó de la nuca con una mano grande y firme, enredando los dedos en su cabello, y la otra la asentó en su cintura, atrayéndola con fuerza contra su cuerpo.

La besó.

Fue un beso lleno de pasión y el deseo acumulado de quince años de silencio. Nikolai la reclamó con una posesión salvaje pero contenida, devorándole los labios con una urgencia que le quitó el aire. Leonor soltó un jadeo ahogado contra su boca y, lejos de apartarse, se aferró a sus hombros, enredando sus manos en su chaqueta de cuero, respondiendo al beso con la misma intensidad desesperada.

El beso se volvió más profundo. Cuando finalmente se separaron por la falta de aire, Nikolai apoyó su frente contra la de ella, jadeando, sin soltarla de la cintura.

Leonor lo miró con los ojos empañados y las mejillas encendidas, con una sonrisa trémula que por fin nacía del alma.

—Tardaste quince años, durak (tonto) —susurró ella, acariciándole la nuca.

—No volveré a perder un solo segundo —prometió Nikolai, antes de volver a sellar sus labios con un beso suave pero decidido.

*****

El médico de Arthur los recibió con una sonrisa cálida mientras revisaba la carpeta con los resultados de los últimos análisis de sangre.

—A ver, Arthur, vamos a ver cómo se están comportando esas defensas —dijo el doctor, invitándolo a sentarse en la camilla de exploración—. Déjame revisar tu garganta y tus reflejos.

Arthur obedeció sin chistar, acostumbrado ya a la rutina de los médicos, mientras Maxwell y Sarah esperaban de pie junto a él, tomados de la mano y con una tensión contenida en los hombros.

—Doctor, ¿cómo salieron los análisis de esta semana? —preguntó Sarah, con la voz cargada de esa expectativa que todo padre de un niño recuperado conoce muy bien—. El conteo de plaquetas y neutrófilos, ¿sigue estable?

El médico dejó la carpeta sobre el escritorio, se quitó los lentes y los miró con una expresión de absoluta satisfacción.

Arthur miró al doctor con total seriedad, balanceando sus piernas en la camilla mientras procesaba la idea de tener menos restricciones.

—Entonces, doctor —preguntó Arthur con inocencia—, ¿ya le puedo dar besos a mi novia Doménica?

Sarah abrió los ojos de par en par y sintió que el calor se le subía de golpe al rostro.

—¡Arthur! —exclamó Sarah, reprendiéndolo con suavidad pero visiblemente avergonzada.

Maxwell, que estaba al lado de ella, no pudo contenerse y soltó una carcajada limpia y sonora, contagiando de inmediato al pediatra, quien también comenzó a reír por la ocurrencia del niño.

El médico se acomodó los lentes y miró a Arthur con expresión cómplice, asintiendo con la cabeza como si estuviera a punto de darle la indicación médica más importante de su tratamiento.

—A ver, campeón, esa es una pregunta muy seria —dijo el doctor con tono solemne, aguantando la risa—. Desde el punto de vista médico, las defensas ya están fuertes para los besos en la mejilla. Pero toma nota de las indicaciones: Doménica no tiene que estar resfriada ni tener gripe. Y lo más importante... tienes que pedirle permiso a su papá, Dominic, porque sospecho que ese diagnóstico va a ser mucho más difícil de aprobar.

—¡Uf, sí! —secundó Maxwell, riéndose y pasándole un brazo por los hombros a Arthur—. El papá de tu novia es un caso serio, Arthur. Con él vas a necesitar una receta firmada.

Arthur arrugó la nariz, pensando en la advertencia, mientras Sarah negaba con la cabeza con una sonrisa divertida, sintiendo que la ligereza y las bromas cotidianas por fin habían vuelto a sus vidas.

—Le daré besos a escondidas de papá Dominic —dijo Arthur con total seguridad.

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