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La amante despreciada del CEO romance Capítulo 217

El domingo por la noche, Sarah y Maxwell regresaron a New York y fueron directo al apartamento de Grace, por Arthur. Derek y Doménica, al verlos entrar, corrieron de inmediato a abrazar a Maxwell, saludándolo con entusiasmo, mientras miraban a Sarah con timidez y curiosidad, ya que no la conocían mucho todavía.

Arthur, en cambio, no lo dudó ni un segundo. Salió corriendo a toda velocidad por el pasillo y se lanzó directamente a los brazos de sus papás, quienes lo recibieron con un abrazo fuerte y lleno de amor.

—¡Volvieron! —exclamó el pequeño, separándose un poco para mirarlos a los ojos con pura impaciencia—. ¿Y la sorpresa? ¿Qué es la sorpresa?

Grace, que se acercaba despacio desde la sala sosteniendo una taza de té, sonrió con complicidad al ver la escena.

—Sí, todos queremos saber cuál es esa famosa sorpresa —intervino Grace, cruzándose de brazos con una mirada divertida—, aunque, por las caras que traen los dos, ya nos imaginamos algo.

Sarah sintió cómo las mejillas se le teñían de un vivo color rojo por la vergüenza. Con una sonrisa tímida, levantó la mano izquierda frente a todos y mostró el anillo de oro blanco que brillaba bajo las luces de la sala. Maxwell la atrajo hacia su cuerpo, abrazándola con firmeza por la cintura, orgulloso.

—Nos casamos en Las Vegas —anunció Maxwell, con una sonrisa radiante y la voz llena de felicidad.

Dominic, que acababa de entrar a la estancia, se detuvo en seco al escuchar la noticia. Una sonrisa franca apareció en su rostro.

—Felicidades —dijo Dominic, acercándose para estrechar la mano de Maxwell y darle un asentimiento afectuoso a Sarah—. Esto definitivamente hay que festejarlo. Voy a buscar una botella de champagne.

Mientras Dominic se dirigía a la cocina, Arthur se quedó mirando el anillo en el dedo de su mamá, parpadeando con confusión.

—No comprendo... —murmuró el niño, mirando a Sarah y luego a Maxwell—. ¿Qué significa que se casaron?

Sarah se agachó a su altura, tomándolo de las manos con una ternura infinita en los ojos.

—Eso significa, cariño, que ya somos una familia —le explicó Sarah con la voz suave, acariciándole la mejilla—. Que de ahora en adelante vamos a vivir juntos para siempre. Tú, tu papá y yo.

Todos bebieron un sorbo. Maxwell tomó la mano de Sarah por encima de la barra de la cocina, entrelazando sus dedos antes de mirar a Dominic y a Grace con una expresión un poco más seria.

—Hay algo más que queremos compartir con ustedes —comenzó Maxwell—. Ya tomamos una decisión sobre dónde nos instalaremos. Sarah, Arthur y yo nos iremos a vivir a San Francisco. Allá tengo la sede principal de mi empresa y es el lugar ideal para empezar desde cero.

Sarah dejó escapar un leve suspiro, revelando la preocupación que le rondaba la mente desde que abordaron el avión.

—Estamos muy felices con la decisión, pero no puedo evitar sentir un poco de temor por Arthur —confesó Sarah, mirando de reojo hacia el pasillo por donde se habían ido los niños—. Él adora a Doménica. Han estado muy unidos este tiempo y me da miedo que se ponga muy triste cuando sepa que ya no estará cerca de ella todos los días.

Dominic frunció el ceño ligeramente y dejó su copa sobre la encimera. La idea de tener a Arthur tan lejos se sintió como una punzada en el pecho. Miró a Maxwell y luego a Sarah, con una seriedad que revelaba el profundo afecto que sentía por el niño.

—A mí tampoco me agrada la idea de que nos alejemos de Arthur —admitió Dominic, con la voz un poco tensa—. No quiero que se críe lejos de nosotros.

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