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La amante despreciada del CEO romance Capítulo 214

Dominic llegó al apartamento y miró a Grace pálida, apenas había alcanzado a dar unos bocados en el desayuno antes de que las náuseas del primer trimestre la obligaran a correr directo al baño. Se veía completamente agotada, con los ojos entrecerrados por el cansancio.

—¿Te sientes bien mi amor? —preguntó Dominic alarmado—, estás pálida.

Grace con la mano en el estómago inhaló profundo.

—Tranquilo, esto es normal, es el embarazo, cariño.

—Ve a la cama, mi amor —le susurró Dominic, dándole un beso suave en la sien—. Yo me encargo de los niños y de la cena. Tú solo descansa.

Grace le sonrió con debilidad, asintió y se retiró a la habitación principal, cayendo dormida casi al instante.

Dominic regresó a la sala y se encontró con tres pares de ojos fijos en él. Derek, Doménica y Arthur estaban sentados en la alfombra, esperando instrucciones.

—Bien, equipo —anunció Dominic, arremangándose la camisa formal—. Grace no se siente bien, así que nosotros vamos a preparar la cena hoy. ¿Qué quieren comer?

—¡Pastas con salsa roja! —exclamó Doménica de inmediato.

—¡Sí, espaguetis! —secundaron Derek y Arthur al mismo tiempo.

Dominic asintió con la cabeza, fingiendo una seguridad que no tenía. El poderoso CEO controlaba corporaciones multinacionales, pero su experiencia en la cocina se reducía a encender la cafetera. Llevó a los tres niños a la cocina, colocó su tableta sobre la barra y buscó un tutorial rápido en una plataforma de videos.

—A ver... —dijo Dominic, dándole play al video de un chef italiano—. Necesitamos tomates, harina, agua y carne molida. Vamos a hacer la salsa desde cero.

—¡Yo lavo los tomates! —se ofreció Arthur, arrastrando una silla para alcanzar el fregadero.

—Nosotros mezclamos la harina —pidió Derek, tomando un tazón junto a su hermana.

El tutorial avanzaba a un ritmo que Dominic no lograba seguir. Intentó medir el agua y la harina para la masa, pero Doménica, emocionada, volcó medio paquete de harina de golpe dentro del tazón.

—Eres el peor cocinero del mundo, papá —le dijo Arthur, acomodando su cabeza en el hombro de Dominic con total cariño.

—El peor —confirmó Doménica, dándole un beso ruidoso en la mejilla blanca de harina.

—¿Entonces qué cenamos? —preguntó Derek, limpiándose la nariz con la manga.

Dominic sacó su teléfono del bolsillo, revisando que la pantalla no estuviera cubierta de polvo, y les sonrió con complicidad.

—Voy a pedir la pizza más grande de todo Nueva York, y nadie le va a decir a su mamá el desastre que hicimos aquí hasta mañana. ¿Trato?

—¡Trato! —gritaron los tres niños al unísono, chocando las manos con él, completamente felices y unidos en medio del caos.

—Pues demasiado tarde, ya me enteré —anunció la voz de Grace desde la entrada de la cocina.

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