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La amante despreciada del CEO romance Capítulo 212

En el apartamento de Sarah, ella caminaba de un lado a otro por la sala, dándole vueltas al asunto mientras acomodaba los cojines del sillón.

—No estoy segura de dejar a Arthur estos días, Maxwell —dijo ella, deteniéndose y mirándolo con preocupación—. Es la primera vez que nos separamos desde que se recuperó.

Maxwell se acercó con paso tranquilo, la tomó por la cintura y la pegó a su cuerpo en un abrazo firme y reconfortante.

—Hemos tenido meses muy complicados y nada de tiempo para nosotros, Sarah —le dijo él, mirándola a los ojos con suavidad—. Disfrutemos estos días. Además, Arthur está con Grace y Dominic, lo van a cuidar perfectamente. Se quedó feliz de la vida con su novia Doménica.

Sarah suspiró, dejándose convencer por la seguridad de sus brazos.

—¿De verdad se quedó tan tranquilo? —preguntó.

Maxwell soltó una pequeña risa y asintió, recordando la escena que acababa de presenciar en el apartamento de los Pierce.

—Si supieras... Dominic les dio una plática hace unos días sobre cómo se hacían los bebés y les dijo algo de una semillita. Cuando llegué, Doménica le terminó al niño porque no quería tener bebés, y Arthur estaba indignado aclarándole que él no llevaba ninguna semilla en los bolsillos, sino caramelos. Grace tuvo que intervenir para salvar la situación.

Sarah soltó una carcajada limpia, imaginándose el apuro de Dominic y la seriedad de los niños. La tensión se le disipó del cuerpo por completo.

—No puedo creerlo —dijo ella entre risas, negando con la cabeza.

—Ya ves, está en excelentes manos —concluyó Maxwell con una sonrisa, dándole un beso corto en los labios—. Ahora, vámonos.

Ambos tomaron sus maletas de mano, salieron del apartamento cerrando la puerta con seguro y caminaron hacia el ascensor, listos para emprender el viaje rumbo a San Francisco.

Luego de horas de vuelo, la pareja llegó finalmente a San Francisco. El auto los dejó frente al edificio y subieron directo al apartamento de Maxwell, un lugar sumamente lujoso, de techos altos y grandes ventanales con vista a la bahía.

Sarah dejó su bolso sobre la consola de la entrada y caminó por la estancia, observando el diseño minimalista del lugar. Se giró hacia él con una sonrisa juguetona.

—Me gustaba más el ático que rentabas en Nueva York —le dijo Sarah, cruzándose de brazos.

Maxwell dejó las maletas a un lado y se acercó a ella con paso lento, mirándola de manera seductora.

—Me alegra que recuerdes ese lugar que nos trae tantos recuerdos —respondió él con voz baja y profunda.

Sin darle tiempo a replicar, la tomó firmemente por la cintura, la pegó a su cuerpo y la besó con pasión. Sarah reaccionó al instante, enredando sus manos en el cuello de él mientras el beso se volvía más exigente y profundo.

Cuando finalmente se separaron para recuperar el aliento, ella se quedó con las manos apoyadas en el pecho de Maxwell, mirándolo con las mejillas encendidas.

—Te equivocas, ella jamás fue tuya —le replicó Dominic, sin alterar el tono—. Era amable contigo porque era tu amiga. Nada más.

—¡Claro, porque la sedujiste! —gritó André, golpeando el metal de la mesa con la mano libre—. Si me hubieras dejado el camino libre, ella estaría a mi lado ahora mismo.

Dominic negó con la cabeza, observando la desesperación de su antiguo amigo con desprecio.

—Ella jamás te vio como un hombre, André. Tú te obsesionaste con ella y faltaste a nuestra amistad. Yo te abrí las puertas de mi empresa, te ayudé cuando estabas mal económicamente. No merecía tu traición.

André soltó una carcajada seca, llena de veneno.

—Nunca fui tu amigo, Dominic. Solo estaba a tu lado por conveniencia. Siempre te envidié, Dominic Pierce. Odiaba ver cómo todo te resultaba tan fácil.

Dominic lo miró fijamente por un último segundo, asimilando el nivel de resentimiento del hombre que alguna vez creyó cercano.

—Pues todo ese odio que llevas guardado te llevó exactamente a dónde estás ahora —sentenció Dominic.

Sin esperar respuesta, colgó el auricular en el gancho, se puso de pie y dio la vuelta hacia la salida. Detrás del cristal, André se pegó al vidrio, gritando y maldiciendo con el rostro desencajado, mientras los custodios lo sometían para llevarlo de regreso a su celda.

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