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La amante despreciada del CEO romance Capítulo 207

Unos días después, el sol de la tarde se filtraba con suavidad por los grandes ventanales del despacho de la mansión. Dominic entró con paso tranquilo, encontrando a su madre descansando en un sillón individual, con un libro cerrado sobre el regazo y el semblante sereno. Él se acercó en silencio y se sentó en el borde de la mesa, quedando de frente a ella.

—Hablé con los médicos de la clínica hoy temprano —comenzó Dominic, atrayendo la atención de Leonor—. Mi papá está respondiendo bien al tratamiento. Se está recuperando de su adicción al alcohol con mucha fuerza. Quiere salir limpio de ahí.

Leonor asintió despacio, con una mirada comprensiva que guardaba los dolores de toda una vida. Dominic metió la mano en el bolsillo interior de su saco y extrajo un sobre blanco, de papel grueso, un poco arrugado en las esquinas por los días que había estado guardado.

—Él me pidió que te entregara esto —añadió Dominic con suavidad, extendiendo la mano—. Es para ti.

Leonor miró el sobre por unos segundos, reconociendo de inmediato la caligrafía firme pero ligeramente temblorosa de Dimitric. Sus dedos rozaron el papel con cautela antes de tomarlo. Dominic se puso de pie, le dio un tierno beso en la coronilla para darle su espacio y abandonó el despacho, cerrando la puerta con cuidado a sus espaldas.

Quedándose completamente sola en la inmensidad del lugar, la condesa suspiró profundamente y abrió el sobre con delicadeza. Desdobló la hoja y sus ojos comenzaron a recorrer las líneas cargadas de un arrepentimiento que había tardado décadas en ponerse sobre el papel.

Leonor:

No sé si estas palabras tengan el peso suficiente para alcanzar tu corazón después de tantos años de silencio y de tanta distancia, pero necesito que las leas. Sé que hoy llevas un corazón nuevo en el pecho, uno que late fuerte y que merece solo paz, y lo último que quiero es perturbar tu tranquilidad, pero no podía seguir ocultándome en la cobardía.

Quiero pedirte perdón, Leonor. Perdón por haber sido tan débil, tan cobarde, y por no haber tenido la fuerza de buscarte cuando todo se derrumbó a nuestro alrededor. Me dejé cegar por las mentiras, por el orgullo y por el veneno que otros sembraron, y te juzgué de la peor manera. Te fallé cuando más me necesitabas, y esa es una culpa con la que he cargado cada bendito día de mi existencia.

Quiero que sepas que yo tampoco pude ser feliz todos estos años. No hubo un solo día de alegría para mí. Me dediqué al juego, a las apuestas y al alcohol, hundiéndome en un abismo oscuro por el único y desesperado intento de borrar tus recuerdos, de olvidar el dolor de haberte perdido por mi propia culpa. Pero el olvido nunca llegó. Tampoco fui un buen padre para Dominic; me cegué en mi propio sufrimiento y lo descuidé, dejándole una carga que no le correspondía a un niño.

Sé perfectamente que no puedo corregir el pasado, que las lágrimas que te hice derramar no se van a borrar con tinta y papel. No pretendo borrar el tiempo perdido, pero desde el fondo de mi alma rota, espero que algún día encuentres la forma de perdonarme. Me estoy curando, Leonor, por mí y por nuestro hijo, para intentar ser el hombre que debí ser hace mucho tiempo.

Con el mismo amor de nuestra juventud,

Dimitric.

Leonor terminó de leer la carta e inconscientemente bajó la hoja, presionándola contra su pecho, justo encima de donde su nuevo corazón latía con fuerza. Una lágrima solitaria rodó por su mejilla, pero no era una lágrima de tristeza, sino de liberación. El peso del pasado, de las dudas y de los rencores acumulados por años pareció disolverse en el silencio del despacho, dejándole por fin la paz que tanto había esperado.

Nikolai entró al despacho con su habitual paso silencioso, casi fantasmal, rompiendo la quietud del lugar. Se detuvo a una distancia prudencial, con la espalda recta y las manos entrelazadas detrás del cuerpo. Su rostro, esculpido por el frío de las tierras rusas, no mostraba emoción alguna, pero sus ojos azules recorrieron de inmediato la postura de Leonor, detectando la lágrima que acababa de limpiar de su mejilla.

—¿Todo bien, mi señora? —preguntó Nikolai con su voz grave, profunda y desprovista de modulaciones innecesarias.

Leonor levantó la vista y le dedicó una sonrisa serena, doblando la hoja de papel con delicadeza entre sus manos.

—Jamás dejaría de cuidarla, mi señora —sentenció Nikolai, y por primera vez su voz firme flaqueó sutilmente, cargada de una devoción que rozaba con el amor—. Mi lugar está aquí, con usted. Hasta mi último aliento.

Leonor contuvo la respiración por un instante, esperando que él diera un paso más, que la rigidez de su pecho se rompiera y le confesara de una vez por todas lo que sus ojos gritaban en silencio. Sin embargo, el custodio se contuvo, tragándose sus propios sentimientos y recuperando su máscara de frialdad profesional.

Leonor sonrió para sus adentros, decidida a picarle un poco el orgullo y provocar un ataque de celos en ese hombre tan contenido.

—Agradezco tu devoción, Nikolai —dijo ella, alisando los pliegues de su vestido con total parsimonia—. Pero... quizás sí sea momento de mirar al futuro. Quizás le dé una oportunidad al padre de mi hijo.

El aire en el despacho pareció congelarse. Nikolai dio un paso imperceptible hacia el frente, sus ojos azules se oscurecieron por completo y una ráfaga de posesividad masculina brilló en su mirada antes de que pudiera ocultarla. Respiró de forma profunda y contenida, controlando el impulso salvaje de arrebatarle esa carta.

—Él le falló una vez, mi señora —soltó Nikolai, con una voz que esta vez sonó extrañamente hostil, incapaz de disimular el veneno de los celos—. Los hombres que se hunden en el juego y el alcohol no cambian fácilmente. Si me lo permite... creo que usted merece a alguien que nunca haya dudado de su valor, alguien que la ame sin lastimarla, alguien que la conozca y comprenda.

Leonor arqueó una ceja, secretamente fascinada por haber logrado romper la armadura del imponente ruso.

—¿Crees que existe ese hombre Nikolai? —preguntó ella con misterio, guardando la carta en el cajón de su escritorio mientras disfrutaba de la tensa e incómoda mirada que su fiel custodio mantenía fija en ella.

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