Sarah soltó una carcajada sonora, disfrutando el apuro en el que el niño acababa de meter al empresario.
—Claro, explícale, Dominic. Cuéntanos a todos —lo azuzó Sarah, divertida.
Dominic se aclaró la garganta de inmediato, acomodándose el cuello de la camisa mientras el calor le subía ligeramente por el cuello al verse acorralado por los niños.
—Bueno... soy muy bueno en el squash, manejo autos de carreras en pista y juego polo en el club, campeón —respondió Dominic con rapidez, recuperando su tono autoritario—. Deportes de verdad, ya los aprenderás cuando seas más grande.
*****
La puerta del despacho de Anthony se abrió y María Elena Duque entró al lugar con paso apresurado, sosteniendo de la mano a Gerard, su hijo de siete años, quien traía una tableta bajo el brazo y una expresión de aburrimiento absoluto.
—Anthony, te encargo a Gerard unas horas —soltó María Elena de inmediato, dándole un beso rápido en la mejilla a su esposo mientras acomodaba su propio bolso de diseñador—. Tengo que correr a llevar a Lucía a sus clases de ballet y gimnasia rítmica. Ya sabes cómo es esto, y tu hijo se rehusó por completo a ir a ver tutús y listones de colores.
Anthony se quitó las gafas de lectura y miró las carpetas del caso de Maxwell que tenía esparcidas por todo el escritorio, soltando un suspiro de desespero.
—Cariño, por favor, estoy en medio de la estrategia para la desestimación del caso Foster —le explicó Anthony, señalando los documentos de la fiscalía—. Dominic necesita que encuentre el rastro del hackeo financiero hoy mismo. No puedo distraerme.
María Elena sonrió con suficiencia, apoyando las manos en el borde del escritorio y mirándolo fijamente con esos ojos decididos que también la hacían una abogada brillante dentro del buffet familiar.
—Ahí lo tienes, ya tienes un par de ojos extra y mucho más frescos que los tuyos —bromeó María Elena desde el umbral—. Los dejo juntos. No te metas en problemas, Anthony, y recuerda que Gerard es más listo que tú.
La puerta se cerró detrás de ella, dejando a Anthony a solas con su pequeño sabelotodo, quien ya se acercaba al escritorio arrastrando su silla, listo para terminar de desarmar el caso federal antes de la hora del almuerzo.
—Eres brillante, campeón —le dijo Anthony, tomándolo por los hombros con una sonrisa de puro orgullo mientras le daba un ligero sacudón—. Me acabas de ayudar a resolver la base del caso. Vamos ahora mismo a visitar a Dominic para darle la buena noticia. Esto lo cambia todo.
Gerard se encogió de hombros con total naturalidad, guardando su tableta en la mochila sin darle mayor importancia a su hazaña.
—Vamos, papá. Ya te dije que soy un genio —respondió el niño con calma.

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