Sarah empujó la puerta de la habitación con cuidado, manteniendo a Arthur bien sujeto de la mano. Maxwell ya había despertado el día anterior y los médicos lo reportaban estable, pero ella no bajaba la guardia con la seguridad de su hijo; el pequeño llevaba su mascarilla bien ajustada y Sarah se había asegurado de desinfectar todo antes de entrar.
Maxwell estaba recostado, con mejor semblante que el día del ataque. En cuanto vio abrirse la puerta y divisó la figura de Arthur, sus ojos se iluminaron por completo y una sonrisa genuina apareció en su rostro cansado.
—Miren quién está aquí… —susurró Maxwell con la voz un poco ronca, intentando acomodarse en la cama.
Arthur se soltó del agarre de su madre y caminó a pasos rápidos hacia el borde de la cama. Miró los cables, el monitor y luego los ojos de su padre con esa total inocencia que lo caracterizaba.
—¿No te moriste? —preguntó Arthur, ladeando la cabeza—. Vi mucha sangre en el apartamento, papá. Pensé que te habías ido al cielo.
Maxwell, a pesar del dolor punzante en el abdomen por el movimiento, soltó una pequeña risa ahogada que terminó en una mueca de queja, pero no apartó la mirada de su hijo. Tomó la mano pequeña del niño con suavidad.
—Claro que no me morí, campeón —le aseguró Maxwell, apretándole los dedos—. No podía dejarte solo de ninguna manera. Tú y tu mamá son las personas más importantes para mí en todo el mundo, así que tuve que sacar fuerzas para quedarme aquí contigo.
—No hables demasiado, Maxwell, te va a doler la herida —intervino Sarah, acercándose al otro lado de la cama con la mirada cargada de alivio al verlos interactuar.
Arthur asintió, muy serio, y se apoyó con cuidado en el colchón, ansioso por contar las novedades.
—¿Y sabes qué, papá? ¡Voy a tener un hermanito! —soltó el pequeño de golpe, con los ojos brillando de emoción—. O una hermanita, todavía no sabemos.
Al escuchar las palabras del niño, el rostro de Maxwell se congeló por completo. El monitor cardíaco a su lado empezó a pitar un poco más rápido. Se quedó mirando a Sarah en un estado de shock absoluto, con la mente dándole vueltas a toda velocidad. Habían estado juntos apenas unos días atrás, antes del ataque, por lo que era físicamente imposible que Sarah tuviera un embarazo tan avanzado como para saberlo ya. El pánico y la confusión se le reflejaron en los ojos abiertos de par en par.
Sarah, al ver la cara de terror y desconcierto de Maxwell, no pudo evitar soltar una risa nerviosa al entender el tremendo malentendido. Se apresuró a intervenir antes de que al hombre se le subiera la presión.
—¡Arthur, por Dios, vas a matar a tu papá del susto! —exclamó Sarah, tocándose la frente mientras miraba a Maxwell para calmarlo—. Respira, Maxwell, tranquilo. Arthur se refiere a que Grace está embarazada. Dominic y ella les dieron la noticia a los niños hace unos minutos, y Doménica se encargó de contarle a Arthur.
—Queda usted formalmente bajo arresto y custodia policial por el delito de lavado de activos y fraude financiero internacional —declaró el funcionario sin inmutarse—. Existe una orden judicial en su contra por haber movido capitales de origen evasivo a través de cuentas fachada y paraísos fiscales para el financiamiento inicial de su empresa de logística.
Sarah ahogó un grito de horror, llevándose las manos a la boca.
—¡No! ¡Eso es un error! ¡Él acaba de salir de una cirugía, casi muere protegiendo a unos niños! —exclamó ella con desespero, mientras las lágrimas amenazaban con salir—. ¡No se lo pueden llevar!
—Señora, por favor, no interfiera —la interrumpió el oficial con firmeza—. Debido a su estado de salud, el señor Foster no será trasladado a una celda de inmediato. Permanecerá internado en esta habitación bajo estricta custodia policial en la puerta las veinticuatro horas. En cuanto los médicos firmen su alta, se procederá con su traslado al centro penitenciario.
Maxwell se quedó mirando el techo de la habitación, con la mandíbula apretada y el rostro pálido. Sabía perfectamente a qué se referían. Su pasado, ese maldito dinero que usó para levantar su imperio y que creyó haber enterrado al devolverlo, finalmente lo había alcanzado en el peor momento de su vida.
—Sarah… —alcanzó a decir Maxwell con la voz apagada, buscando su mirada entre la confusión de Arthur, que no entendía lo que pasaba—. Llama a Dominic. Ahora mismo.

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