—En la suite de cardiología, piso cuatro, habitación 402, señor Pierce —respondió de inmediato.
Dominic dio media vuelta y subió sin esperar el ascensor; las escaleras apenas le tomaron unos segundos debido a la furia que le hervía en las venas. Al llegar al cuarto, abrió la puerta de un golpe seco, haciéndola chocar contra la pared.
Charlotte, al verlo entrar, acomodó su mejor rostro de debilidad y se llevó una mano al pecho de forma dramática.
—Hijo... viniste —susurró con la voz temblorosa, parpadeando despacio—. Mi corazón... no sé si resista esta vez...
Dominic avanzó hasta quedar al borde de la cama, mirándola desde arriba con absoluto desprecio. No había un ápice de compasión en sus ojos oscuros.
—No te hagas la víctima, Charlotte. Tú tienes un corazón perfectamente sano —le espetó entre dientes, con una rigidez implacable—. ¿Qué te pasa? ¿Me quieres ver la cara de pendejo? ¿Para qué hiciste todo este estúpido show? ¿Para evitar la cárcel?
La anciana abrió los ojos de par en par, fingiendo sentirse profundamente ofendida y dolida por la acusación.
—Cariño... ¿cómo puedes hablarme así? Estoy enferma... los médicos dicen que...
—¡No te creo nada! —la interrumpió Dominic, levantando la voz en un rugido sordo que hizo eco en las cuatro paredes—. Conozco cada una de tus artimañas y esta vez no te va a funcionar. Y te voy a decir una sola cosa, Charlotte: si tú tuviste algo que ver con el ataque a mi madre, a Grace y a mis hijos, te juro por mi vida que lo vas a pagar. No me va a importar que lleves mi propia sangre. Te voy a hundir.
Charlotte se quedó petrificada ante la letal promesa de su nieto. Dominic no esperó una respuesta; dio media vuelta y salió de la habitación furioso, dando un portazo que sacudió los cristales.
—Dominic... ¡Dominic, regresa! —jadeó Charlotte desde la cama, frotándose el pecho con rabia contenida al ver que su plan de manipulación no había servido de nada con él.
En la sala de espera, Sarah caminaba de un lado a otro, mordiéndose las uñas con una angustia que le carcomía los nervios. Nadie salía de los quirófanos ni de emergencias a decir una sola palabra. Cuando Dominic regresó al pasillo, ella se detuvo en seco y lo abordó de inmediato, con los ojos hinchados de tanto llorar.
—¿Por qué te fuiste así, Dominic? ¿A dónde fuiste en un momento como este? —le preguntó con desesperación.
—Tenía que resolver un asunto urgente con mi abuela —respondió él con el semblante endurecido, sin darle más detalles.
—Claro, por supuesto, haremos todo lo que usted diga —asintió Dominic de inmediato, sintiendo un alivio inmenso—. ¿Puedo pasar a verla?
—Sí, ya la trasladaron a una habitación privada. Puede entrar, pero intente que no se altere.
Dominic miró al médico asentir y luego se giró hacia Sarah, quien seguía temblando a unos metros de distancia, esperando noticias del quirófano de Maxwell. Dominic se acercó a ella y le puso una mano en el hombro para infundirle fuerzas.
—Maxwell es fuerte, Sarah. Va a salir de esta y estará bien —le dijo con tono firme—. Voy a estar con Grace, pero por favor, me avisas cualquier cosa que te digan los cirujanos. Si se necesita dinero, los mejores especialistas del país o lo que sea para salvarlo, me lo pides de inmediato. Le debo la vida de mi familia a Maxwell.
Sarah rompió en llanto otra vez, cubriéndose el rostro, dejando salir todo el pavor que había estado reteniendo desde que lo vio caer al piso.
—Tengo tanto miedo, Dominic... No lo quiero perder, no ahora que íbamos a estar juntos —sollozó con el corazón roto.
—No lo perderás, te lo aseguro —le prometió Dominic, dándole un apretón solidario antes de dar media vuelta y caminar a pasos rápidos hacia la habitación de su esposa.

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