En el pasillo de cardiología del hospital, la tensión era un muro invisible que asfixiaba a todos. El corazón enviado por Maxwell había llegado en perfecto estado dentro del contenedor térmico, y los cirujanos ya llevaban tres horas operando a Eleonora a puerta cerrada.
Dominic caminaba de un lado a otro, desgastando la suela de sus zapatos contra el suelo. A unos metros, Nikolai permanecía estático contra la pared, pálido, con los ojos hundidos y el cuerpo rígido; parecía un alma en pena, consumido por el terror silencioso de perder a la mujer que amaba en secreto.
Grace observó la escena en silencio. La desesperación de ambos hombres estaba alterando la calma que se necesitaba en ese piso. Se puso de pie, se plantó en medio del pasillo y los encaró a los dos, cruzándose de brazos.
—Ustedes dos van a acabar con mis nervios —sentenció Grace, mirándolos con una firmeza que no admitía discusiones—. Así que se van en este mismo instante a la cafetería. Comen y toman algo para calmar esos nervios, y no regresan aquí sin que se hayan alimentado bien.
Dominic se detuvo en seco, abriendo la boca para protestar y quedarse al pie de la puerta.
—Grace, yo no puedo moverme de aquí... —intentó decir Dominic.
—No me interesa, Dominic —lo interrumpió ella, clavándole una mirada severa e implacable—. O van a la cafetería por las buenas, o uso mi poder como CEO de la empresa para que la seguridad los haga sacar a patadas del hospital. No los quiero ver colapsar aquí afuera.
Nikolai y Dominic se miraron entre sí como dos niños regañados por su madre, intimidados por la autoridad arrolladora de Grace. Sabían perfectamente que ella no estaba jugando y que era capaz de cumplir su amenaza.
Nikolai exhaló un suspiro pesado, rindiéndose primero, y dio un paso al frente.
—Está bien... —aceptó el ruso con la voz ronca—. Pero si pasa algo con la condesa, si el médico sale a decir lo que sea, nos avisa de inmediato a los celulares.
—Sí, vayan tranquilos. Yo los mantengo informados de cada segundo —respondió Grace, suavizando un poco el tono, pero manteniendo la postura firme mientras les señalaba el ascensor.
Dominic asimiló la información, sintiendo una punzada de incomodidad en el pecho al pensar en la intimidad de ese matrimonio que él nunca conoció.
—Y mi madre... ¿se enamoró del conde? —indagó Dominic, buscando una respuesta que aliviara o confirmara los celos retroactivos que sentía por la memoria de su propio padre.
Nikolai lo miró fijamente, con sus ojos grises volviéndose impenetrables por un segundo. Guardó el secreto de su propio amor en lo más profundo de su ser antes de contestar.
—Yo no sé los sentimientos de la condesa, Pierce —declaró el ruso con total honestidad—. Pero fue una muy buena esposa. Jamás le faltó al conde, lo respetó y lo cuidó hasta el último minuto de su enfermedad. El conde nunca se quejó de ella; al contrario, se veía un hombre plenamente feliz a su lado. Y bueno... quién no lo sería teniendo a una mujer como ella.
Dominic se aclaró la garganta con fuerza, enderezando la espalda en la silla metálica. El tono de admiración profunda y la devoción que Nikolai había dejado escapar en esa última frase le cayeron como un balde de agua fría. No le agradó en lo absoluto escuchar la forma en que el guardaespaldas se refería a su madre, percibiendo de inmediato que el vínculo entre ellos iba mucho más allá del simple deber profesional.

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