—Pero tú solo tienes la versión de tu abuela —insistió Grace suavemente—, y ya hemos visto que ella no es nada confiable.
—Si Charlotte hubiera mentido, ¿no crees que ella ya habría vuelto? —replicó Dominic, y el dolor asomó en sus ojos por un segundo—. Yo tenía seis años, Grace. Ni siquiera la recuerdo con claridad. Si la viera ahora, no la reconocería. Nos abandonó. Y ese día no solo la perdí a ella, perdí también a mi papá. Durante años lo vi encerrarse en su mundo, me ignoraba por completo... luego empezó a beber y a entregarse a los excesos. Sí, la única que estuvo a mi lado fue Charlotte.
—Quizás tu mamá no volvió por miedo —sugirió Grace—. Tu abuela es una mujer intimidante, capaz de cualquier cosa.
Dominic resopló, cerrando el tema con una frialdad que buscaba protegerse de sus propios recuerdos.
—No quiero hablar de ese tema, Grace. Voy por los niños al colegio.
Grace lo tomó del rostro, le dio un beso suave y lo miró con ternura.
—Cuídate mucho.
****
Charlotte caminaba de un lado a otro en el salón de su mansión, golpeando el suelo con el bastón en un ritmo que delataba su furia contenida. Cuando André entró al despacho, la anciana se detuvo en seco y lo clavó con una mirada cargada de resentimiento y determinación.
—Mis nietos me han traicionado, pero sé que puedo confiar en ti —sentenció la abuela con voz gélida—. Eres ambicioso y sé perfectamente que te interesa Grace. Esta vez no me va a temblar la mano para alejarla definitivamente de mi nieto; esa mujer no se va a quedar con mi empresa.
André mantuvo una expresión impasible, aunque en sus ojos brilló el destello de quien ve una oportunidad única para obtener lo que siempre ha deseado.
—Tengo un plan, Charlotte —respondió André con una seguridad que hizo que la anciana arqueara una ceja—. Déjelo todo en mis manos.
Charlotte asintió lentamente, sintiendo que por fin encontraba un aliado con el mismo hambre de poder y venganza que ella.
—Confío en ti —concluyó la abuela, estrechando los ojos en una advertencia silenciosa—. Espero que tú no falles como los demás.
*****
Dominic caminaba por la acera sujetando las manos de Derek y Doménica, quienes no paraban de parlotear sobre sus dibujos y las travesuras del recreo. Justo cuando estaban a punto de cruzar el umbral del edificio, una figura alta y de sonrisa ensayada les cerró el paso.
—Dominic —soltó André, bloqueando el camino con una familiaridad que a Dominic le revolvió el estómago.
Dominic se detuvo en seco, ladeó la cabeza y entornó los ojos con la frialdad de quien mira a un completo desconocido.
—Disculpe, ¿lo conozco? —preguntó con voz plana.
André soltó una carcajada forzada y dio un paso al frente, ignorando la distancia física.
Dominic apretó los dientes, sintiendo cómo la sangre le hervía. «¿Gracias a ti?», pensó con furia contenida. «Maldito mentiroso. Si yo mismo fui quien te recomendó con los asiáticos. Yo te puse ahí solo para ayudar a Grace a cerrar ese negocio sin que sospecharan de mí». Sin embargo, mantuvo la mirada perdida y la expresión vacía, siguiendo el juego de la amnesia.
—Me gustaría saber qué clase de negocios son esos —respondió Dominic con voz pausada—, pero como no soy consciente de nada, lo tendrán que revisar mis abogados y, por supuesto, Grace. Ella tiene el control ahora.
Al escuchar el nombre de Grace, la expresión de André se volvió turbia, cargada de una malicia evidente.
—Grace... tan buena amante que es ella —dijo André, bajando la voz con una confianza asquerosa—. Recuerdo perfectamente las veces que estuvo en mi cama. ¿Te contó que antes de estar contigo fue mía? Pero claro, luego se dio cuenta de que contigo ganaría mucho más dinero. Es una mujer muy inteligente para los negocios de alcoba.
Dominic sintió un impulso violento recorrerle cada músculo del cuerpo. Un esfuerzo sobrehumano era lo único que evitaba que saltara sobre la mesa para romperle la cara a André ahí mismo. Su pulso se aceleró y la presión en su pecho se volvió insoportable ante la calumnia contra la mujer que amaba.
Para evitar estallar, Dominic llevó una mano a su sien y cerró los ojos con fuerza, fingiendo un ataque de mareo.
—Me... me duele la cabeza —balbuceó, forzando una respiración agitada—. No me siento bien. Esto es demasiado... no puedo recordar.
—Vaya, parece que forzar la memoria te está afectando —se burló André, levantándose de la mesa sin una pizca de remordimiento—. No te preocupes, tendremos tiempo para seguir hablando. Cuídate, "amigo".
Dominic permaneció con la cabeza gacha, escuchando cómo los pasos de André se alejaban. Por dentro, su mente era un incendio. No solo estaba conociendo la verdadera cara de su amigo, sino que se encargaría personalmente de destruir a André por haber osado ensuciar el nombre de Grace frente a él.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La amante despreciada del CEO