Eleonora se recostó en su silla, observando a Grace con una mezcla de respeto y una curiosidad profunda.
—Pues seré una veedora —explicó la condesa—. No vendré a diario para no molestar, pero sí unas tres veces a la semana. Veré cómo te desenvuelves en la empresa, cómo tratas a los empleados y escucharé a la gente. Llegaremos a acuerdos y, claro, me gustaría estar presente en todas las sesiones de consejo.
Dominic, que había permanecido en silencio observando cada gesto de la mujer, se aclaró la garganta para intervenir.
—Tengo entendido que, como accionista, tiene todo el derecho a estar en las sesiones —dijo con su habitual tono gélido, aunque por dentro sentía una inquietud que no lograba explicar.
Eleonora lo miró de inmediato. Sus ojos se llenaron de una ternura tan evidente que Dominic tuvo que apartar la vista por un segundo, desconcertado.
—Gracias —murmuró ella, saboreando el simple hecho de escuchar su voz.
La condesa se puso de pie, recuperando su porte aristocrático y ajustando su traje.
—Creo que por hoy es todo. Me retiro, ha sido un verdadero placer conocerlos —dijo mientras caminaba hacia la salida. Se detuvo frente a Dominic una última vez, recorriendo su rostro con ternura—. Espero que pronto recupere la memoria.
Tras despedirse de Grace con un asentimiento cortés, Eleonora abandonó la sala, dejando a la pareja con más preguntas que respuestas.
Grace miró a Dominic con fijeza una vez que la puerta se cerró, manteniendo una postura rígida mientras el silencio de la sala de juntas se volvía pesado.
—Parece que esa mujer te impresionó —soltó Grace con un tono cargado de sospecha—, y tú a ella.
Dominic sacudió la cabeza, frotándose la sien como si intentara despejar una neblina mental que lo inquietaba.
—No lo sé, es raro —admitió él con voz profunda—. Siento que la conozco de alguna parte, hay algo en ella que me resulta familiar.
Grace arqueó una ceja y cruzó los brazos sobre su pecho, dejando que un destello de inseguridad asomara en su mirada.
—¿Será alguna amante oculta que tuviste? —preguntó ella con una pizca de veneno en la voz.
Dominic frunció el ceño de inmediato, soltando una risa seca por lo absurdo de la sugerencia.
—Estás loca. Esa mujer tiene edad para ser mi madre —replicó él con firmeza—. No me llamó la atención como mujer en lo más mínimo. ¿Acaso estás celosa?
Grace lo negó con la cabeza con demasiada rapidez, pero sus mejillas delataron su agitación. Dominic se acercó a ella con pasos lentos y seguros, atrapándola por la cintura para eliminar la distancia entre ambos.
—Si estás celosa —le susurró él, buscando sus ojos.
—Pues sí —confesó ella finalmente, soltando un suspiro de frustración—. Esa mujer se ve demasiado interesada en ti, su mirada no era normal.
Dominic tomó las manos de Grace entre las suyas, apretándolas con firmeza para transmitirle seguridad.
—Cuando me fijé en ti, sí salía con alguien, pero no era mi amante ni algo formal; era solo algo del momento —explicó él con total franqueza—. Ella ni siquiera vivía aquí y nos veíamos ocasionalmente cuando venía a la ciudad. Pero desde el instante en que inicié mi relación contigo, no la volví a ver. Nunca tuve otra casa ni otra mujer mientras estaba a tu lado.
Grace sintió que un nudo se deshacía en su pecho y le dedicó una sonrisa genuina.
—Gracias por decirme la verdad —murmuró ella.
—Me alegra que ahora me preguntes las cosas directamente —asintió Dominic—. La confianza entre nosotros es lo único que nos mantendrá a salvo.
Sin embargo, el semblante de Dominic volvió a endurecerse al recordar las artimañas de André.
—Ahora dime tú... ¿Le diste alguna vez esperanzas a André? —quiso saber él.
—No, jamás —respondió Grace sin dudar—. Es cierto que se me declaró en el pasado, pero fui muy clara al decirle que no sentía nada por él.
Dominic asintió, aunque la desconfianza hacia su antiguo aliado seguía latente en su interior.
—Hay que tener mucho cuidado con él —sentenció Dominic con tono de advertencia—. Es un hombre despechado que fingió ser mi mejor amigo durante años. No podemos confiar en nada de lo que venga de su parte.

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