——*—— JOANNE ——*——
¿Existe un hombre más invasivo que este? ¿Por qué todo lo tiene que decir a dos centímetros de mi cara y con esa voz moja bragas que…?
—Si es que no se puede ser más idiota —escupo—. ¡No tengo cómo conseguir otro equipo en veinticuatro horas, y te acabo de decir que el sistema de seguridad de tu estación lo bloquearía! ¡Eso no es un trato, es chantaje!
Y ahí va esa sonrisa descarada que dan ganas de borrársela de un tortazo… ¡con toda la mano abierta!
—Pues tú puedes llamarlo como quieras, bizcochito, pero más o menos vas entendiendo la definición de poder, ¿verdad? Al final es un ganar – ganar ¿no crees?
—¡No, no lo creo! Tú eres el único que gana. ¡Y yo hago esto bajo coacción!
—¡Pero lo vas a hacer! Vas venir todos los días después de clases para trabajar en tu proyecto y además darme las tutorías. Te vas a convertir en una linda graduada y yo voy a tener el… placer de llevarte a tu primera fiesta de fraternidad.
—Y ya que voy a estar aquí ¿no quieres que te lave los calzones también? —respondo con un tonito irónico y él se acerca lentamente, mirándome desde arriba porque es un maldito gigante a mi lado.
Respira sobre mí. ¡Maldición, ¿por qué tiene que estar tan pegado?!
—Con mis calzones tú puedes hacer lo que quieras, bizcochito… hasta quitármelos —me dice mientras empieza a quitarse la camiseta y yo siento que me tragaré la lengua de la impresión.
—¡¿Qué haces?! —escandalizo pero Hawk ni siquiera se inmuta—. ¡¿Crees que tienes derecho a pasearte delante de mí…?!
—Seco —replica—. Porque tú estás empapada y te restregaste tanto conmigo que… —Abre los brazos y todo lo que veo es ese abdomen marcado, húmedo, bronceado…—. No me molesta que me toquetees, bizcochito, pero no me quiero enfermar —murmura mientras cruza una de las puertas y vuelve con una toalla—. Y tú no deberías enfermarte tampoco porque entonces tendré que meterte en mi cama para… ya sabes… cuidarte.
—¡Eres un…!
—El baño está por ahí —señala otra puerta.
—Gracias —rezongo, escapando hacia ella con mi mejor actitud de ofendida.
Abro la ducha y trato de ponerme en perspectiva: ¡odio a este tipo! Sí, eso… lo odio porque todo lo que sale de su boca es coqueto. ¡Por eso! ¡Y porque me va a dejar bizca si sigo tratando de “no mirar” sus abdominales!
—¡Maldición, báñate, báñate! —trato de concentrarme y dejo que el agua caliente caiga sobre mi cabeza.
El baño se llena de vapor en un segundo, pero cuando salgo…
—¿Y mi ropa? —Tres… dos… uno… y empiezo a hiperventilar—. ¡Haaaaaawk! ¡¿Te llevaste mi ropa?!
Y en respuesta la puerta se abre y entra ese antebrazo sosteniendo ropa limpia… ¡y suya!
—Bizcochito, me encantaría verte desnuda, pero no quiero que te dé un ictus antes de que pueda meterte en mi cama, así que ten, vístete.
—¡Eres un…!
—¡Oferta retirada!
—¡No, espera, dámela! —Casi le arranco la ropa de las manos y solo después de vestirme a la carrera, me doy cuenta de que es uno de sus uniformes del equipo.
Por supuesto que me queda gigante y ahora tengo su número y su apellido en toda la espalda. Pero el verdadero peligro está en el olor —su olor—, que es… intoxicante.
—¡Lo odias, Joanne, lo odias! —me repito entre dientes y salgo del baño para encontrarlo también bañado, cambiado y abriendo una caja de pizza.
—¿No tenías otra cosa que no fuera una declaración de propiedad? —protesto—. ¿Y cuándo te metiste en…?
Un trozo de pizza entra directo en mi boca, callándome. Y un segundo después me levanta por las caderas y me sienta en una banqueta alta de la barra, metiéndose entre mis piernas.

VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: JUEGOS PERVERSOS. La reina que mereces