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JUEGOS PERVERSOS. La reina que mereces romance Capítulo 3

——*—— JOANNE ——*——

¡Joder, el espíritu del mal se me debe haber metido en el cuerpo para atreverme a decirle eso a Mirna! ¡A ella precisamente que tiene fama de perra carnicera en esta universidad!

Pero me doy cuenta cuando ya es inevitable, cuando presiento el dolor antes de que llegue y cierro los ojos. Escucho el sonido, crudo, seco, pero no contra mi piel. Abro los ojos y solo veo la espalda de Hawk, que se ha metido en medio. La bofetada que era para mí le ha dado en el cuello, rasguñándole bajo la barbilla, y al siguiente segundo Mirna está blanca como un papel.

—¡Hawk…! No… yo no quise…

—Fuera —es la única palabra que pronuncia y hasta yo me estremezco.

—Pero es que yo no quería… ¡esa zorra…!

—¡Fuera! —gruñe y Mirna retrocede como si la hubieran golpeado a ella.

La puerta se cierra con violencia y aquí estoy, mirando su espalda y esperando que explote. Pero él se gira lentamente, y cuando me mira hay una chispa en sus ojos que me asusta.

—¿Qué pasa, bizcochito? —pregunta inclinándose hasta quedar a mi altura. ¡Mierd@, me saca dos cabezas!—. ¿Te pusiste celosa?

¡Y ahí viene de nuevo el espíritu del mal! Porque casi acaba de desgreñarme la líder de las porristas por su culpa, y él pregunta si estoy…

—No eres tan importante como para provocarme eso —le contesto señalando mi cara—. Esto que ves se llama frustración por el tiempo perdido. Y tú eres mi tiempo perdido.

Veo el instante exacto en que su mirada cambia, y se acerca un paso más.

—¡Joder, de verdad piensas que solo soy un cuerpazo sin cerebro! —estalla.

—Pues velo por el lado bueno, al menos sabes dónde tienes la cabeza aunque no la uses para pensar. —Su boca se abre con una expresión de impotencia y sus ojos van de mi cara a su bragueta ida y vuelta, como si no pudiera creer lo que dije—. Oye, tú fuiste el que miró —le sonrío con descaro y lo sé, si ahora mismo pudiera ahorcarme, lo haría sin dudarlo.

Me dejo caer en una silla y empujo en su dirección uno de los libros. Paso de la explicación a las preguntas y se encarga de responder todas mal, ¡a propósito! como si de verdad estuviera aquí para fastidiarme.

—¡A ti no te importa aprobar, ¿verdad!? —gruño con impotencia y él cierra las manos a cada lado de mi silla y tira hacia él.

Sus dedos rozan mis muslos y me obliga a pegarme al respaldo para evitar su boca.

—Bizcochito, soy millonario desde que nací. El entrenador solo quiere tener contento a mi padre, pero aprobar… no aprobar… me tiene sin cuidado.

¿Bizcochito? ¿En serio? ¿No puede ser más original?

—¡Pues si solo me vas a hacer perder el tiempo mejor me voy! Terminamos —espeto levantándome, pero antes de poder dar un solo paso siento la forma brusca en que tira de mi brazo y apenas soy consciente de que me pone contra la pared.

Mi respiración se corta en un segundo y levanto la cara porque de lo contrario le besaría el pecho. ¡Así de cerca está!

—¿Qué haces? ¡Suélt…!

—Pero yo no he terminado, bizcochito —dice y todo mi cuerpo se paraliza.

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