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Jefe Irresistible: Rendida a su Pasión (de Maria Anita) romance Capítulo 994

"Ricardo"

Ya hacía unos meses desde que Ilana e Irina fueron recapturadas. Las mandaron a una penitenciaría de seguridad máxima y tenían el mínimo contacto con otras personas, se quedaban aisladas, por la peligrosidad y el riesgo de corromper a los guardias o juntarse con otras presas para fugarse otra vez.

Anabel aún tenía pesadillas y despertaba en la mitad de la noche sobresaltada y con miedo. Ese día, cuando llegué a la clínica, la encontré agarrada a Leonel, llorando y nerviosa. Y solo logré sacarla de ahí después de que Don logró cambiar al papá de cuarto y ella tuvo certeza de que tendría una vista bonita del jardín y estaría bien.

Sandra una vez más había protegido a Anabel y la amistad de las dos se volvió aún más fuerte. Si no fuera por las pesadillas que dejaban a Anabel nerviosa, estaría respirando totalmente aliviado.

Anabel se movió en la cama y me di cuenta de que empezó a agitarse, era señal de una pesadilla viniendo. Se agitó y gimió, pero después volvió a quedarse quieta y me quedé dormido. Desperté con un grito de dolor violento de Anabel, estaba sentada en la cama, la respiración alterada. Me acerqué y gritó otra vez.

—Ana, ¿qué pasó? —Me levanté de prisa y me puse delante de ella. —Ana, ¿otra pesadilla?

—No... —Jadeó y puso la mano en la barriga que estaba bien baja. —Van a nacer. —Susurró y me miró alarmada, entonces soltó otro grito de dolor.

—¡Pero aún faltan dos semanas! —La miré oscilando entre estar emocionado y preocupado.

—Sí, pero parece que a ellos no les importa eso. —Sonrió.

—¡Vamos al hospital! —Declaré y la ayudé a recostarse en la cama otra vez.

Fui de prisa hasta el clóset, me vestí y tomé un vestido amplio, una zapatilla y las bolsas de la maternidad que ya había dejado preparadas. Volví al cuarto y la ayudé a vestirse y la sostuve mientras caminábamos y bajábamos las escaleras. Dio otro grito y me acordé de empezar a marcar las contracciones.

—Respira, chica bonita, en un ratito estaremos en el hospital. Respira hondo. —Hablé con calma.

Cuando llegamos al piso de abajo, Sandra y Douglas ya estaban, listos, ya habíamos acordado lo que haríamos cuando llegara la hora, entonces no necesité preocuparme por dar instrucciones, tomaron las bolsas de mis hombros y pude concentrarme en Anabel. Fuimos hasta el auto, la ayudé a entrar y me senté a su lado. Mientras Douglas manejaba como si estuviera en una ambulancia, llamé primero a Molina y después a mi mamá y le pedí que avisara a todos.

Después de los avisos empecé a hablar suavemente con Anabel, tratando de distraerla y ayudándola a respirar. Me miraba con lágrimas en los ojos y gritaba de dolor en cada contracción. Entonces puse la mano levemente sobre su barriga.

—Mis hijos, sean buenos con mamá. —Sentí el movimiento de los gemelos, como si se estuvieran acomodando, pero aún no hubieran decidido quién saldría primero. —Calma, mis bebés, en un ratito estarán aquí en brazos de papá y mamá.

—Ay, mi corazón, ¡no existes! —Puso la mano en mi cara y le sonreí.

—¡Te amo! Y siento mucho que el dolor sea tan grande, me gustaría poder sentirlo por ti. —Hablé con el corazón apretado y tocó mi cara.

Sabía que estaba doliendo mucho, pues, el día de mi despedida de soltero, Molina tuvo la gentileza de usar en nosotros un aparato que simulaba las contracciones y, sinceramente, no sabía cómo las mujeres aguantaban eso, era como tener las entrañas arrancadas. La experiencia fue tan vergonzosa, cada uno de nosotros, grandulones barbados, suplicando que aquello parara y gritando como niñitos. Ese día entendí por qué Cat no quería más hijos y empecé a pensar que todas las mujeres que se lanzaban al segundo embarazo estaban medio locas.

Tan pronto Douglas entró al recodo del hospital Sandra saltó del auto y salió corriendo, cuando abrí la puerta para Anabel, Sandra ya estaba con una silla de ruedas a mi lado. Entramos de prisa y fuimos rápidamente encaminados. Cuando Molina llegó Anabel ya estaba en la cama, con la bata del hospital y una enfermera la estaba monitoreando.

Pero el trabajo de parto fue largo y no solté la mano de mi esposa, tratando de consolarla en cada gemido de dolor, hasta que Molina decidió llevarla a la sala de parto. Mi niño corrió delante de la hermana, por lo visto decidió que ser el mayor sería buena idea, pero su hermanita no estaba dispuesta a quedarse muy atrás y pocos minutos después ya gritaba a pulmón lleno que había debutado en la vida.

—Creo que es el amor el que me muestra por dónde ir. —Respondí y le di un beso en los labios. —¿Y ahora, los padrinos? —Pregunté.

—De ninguna manera, primero el abuelito y la abuelita. —Pidió y mi corazón se alegró aún más por saber que mi esposa y mis papás se querían tan bien.

Entraron al cuarto con regalos y tan pronto vieron a los nietos empezaron a llorar, estaban tan emocionados que parecían ser los padres. Cada uno tomó uno en brazos y después de mimar bastante intercambiaron.

—¡Sabes que estos niños van a ser insufriblemente consentidos, verdad! —Miré a Anabel que se estaba riendo de mi papá hablando con los niños con voz de bebé.

—Ni te imaginas lo feliz que me pone eso. Mis hijos son amados, van a crecer con los abuelos, llenos de tíos y primos y con un papá maravilloso. Sí, pueden ser insufriblemente consentidos, porque van a recibir mucho amor. —Estaba riendo y llorando y entendía lo que significaba para ella que los hijos tuvieran todo el amor que le fue quitado.

—También tienen una mamá linda y llena de amor en el corazón. Tanto amor que hasta puede ser que decida darles un hermanito. —Bromeé, esperando que descartara la idea después de sentir los dolores del parto.

—¿Uno? ¿Para qué me voy a conformar solo con uno más? Quiero todos los que merezca tener, de preferencia quiero destronar la guardería de Alessandro y Catarina. Prepárate, guapetón, tan pronto el médico autorice empezaremos a trabajar por los próximos. —Me hizo reír con su emoción.

—¡Menos mal que el abuelito compró una casona bien grande, eh! ¡Así todos pueden irse para allá a quedarse con el abuelito! —Me reí de mi papá conversando con Selena, como si mi pequeña ya pudiera comprenderlo.

Fue un momento lleno de emoción y alegría. Me di cuenta de que mis papás, aunque ya fueran abuelos, esperaban a mis hijos tan ansiosamente como yo. Y sabía que Leonel también estaría feliz cuando pudiera ver a los nietos.

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