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Jefe Irresistible: Rendida a su Pasión (de Maria Anita) romance Capítulo 861

"Ricardo"

Había sido un excelente fin de semana, Ana y yo tuvimos tiempo de conversar y hacer planes para la semana. Mis padres estaban por llegar y eso la puso ansiosa y preocupada, tenía miedo de que la desaprobaran y traté de calmarla diciéndole que lo dudaba mucho, pero que de cualquier forma nada cambiaría entre nosotros. Como ya estaba bastante nerviosa, preferí no contarle sobre las cosas que Alencar me había dicho, le hablaría después de que llegaran mis padres y estuviera más calmada.

—Corazón, ¿estás seguro de que no te voy a estorbar? —Era la tercera vez que preguntaba eso desde que llegamos a la oficina.

—No, chica bonita, no me vas a estorbar. Me vas a ayudar un poco y después vamos a buscar a mis padres al aeropuerto. —Traté de calmarla.

—¿Por lo visto tenemos una ayudante especial hoy? —Alencar llegó y le sonrió a Anabel.

—Alencar, esta chica bonita es mi novia Anabel, va a pasar el día aquí con nosotros. Ana, este es Alencar. —Los presenté y Alencar la observó atentamente.

—¡Niña, te pareces mucho a tu mamá! —Alencar sonrió como si recordara viejos tiempos.

—¿Usted conoció a mi mamá? —Ana se interesó y Alencar me dio una mirada rápida, entendiendo que no le había contado sobre nuestra conversación.

—¡Larga historia, querida! Pero cuando la conocí era aún más joven que tú y tan encantadora como tú. —Alencar habló y la sonrisa de Anabel se hizo más grande. —¿Quieres tomar un café? Puedo contarte cómo conocí a tu mamá.

—¡Ah, quiero! —Ana se animó y salió del brazo de Alencar hacia la cocina del piso.

Cuando regresaron estaban riéndose y parecían conocerse desde hacía mucho tiempo. Se habían llevado bien y Anabel estaba feliz de saber un poco más sobre su madre.

Parecía que el día transcurriría tranquilo, pero solo lo parecía. No tardó mucho en que mi hermana Madeleine entrara a la oficina como un soldado marchando a la guerra.

—No puedo creer, Ricardo, que hayas llamado a nuestros padres aquí y no me avisaras. —Madeleine se paró frente a mí y se agachó para que sus ojos quedaran a la altura de los míos.

—¡Madi! Estoy bien, gracias. ¿Y tú? —Puse los papeles que tenía sobre la mesa y la miré. Madeleine se volvía difícil cuando el tema eran nuestros padres, siempre fue un tanto rebelde y mi mamá no estaba muy de acuerdo con la forma como mi hermana hacía las cosas.

—¡No cambies de tema! —Me miraba, totalmente enfocada en lo que vino a hacer a la oficina, que era gritarme por haber dado motivo para que nuestros padres estuvieran en camino.

—Madi, puedes calmarte. Van a quedarse en casa de Patricio y estarán demasiado ocupados conmigo para tratar de meterse en tu vida. —Miré a mi hermana. Solo tenía dos años menos que yo, pero a veces parecía ser aún más joven que Adele, y nunca le gustó escuchar los consejos de nuestros padres.

—¿Y por qué van a estar ocupados contigo? —Entrecerró los ojos y resoplé.

—¡No seas pesada! —Le advertí antes que nada. —Esta es mi novia, Anabel Lancaster. Ana, esta es mi otra hermana, Madeleine.

—¿Lancaster? —Madeleine volteó sus ojos inmediatamente hacia mí. —¿Lancaster? —Entonces miró a Anabel y otra vez a mí. —¿Lancaster? ¿Como el diablo Lancaster?

—Anabel es hija de Leonel Lancaster, Madeleine. —Expliqué y los ojos de mi hermana casi se salieron de las órbitas y empezó a reírse.

—¡Pero estás muy jodido, Ricardo! —Se reía como si le hubiera contado un chiste. —¡Nuestros padres van a acabar contigo! —Se rió un poco más y después se puso seria y volvió a mirarme. —Van a acabar contigo y todavía van a tener tiempo de torturarme. Ricardo, ¿qué tienes en la cabeza?

—Ay, Madi, larga historia que no te voy a contar ahora, pero Anabel no es su padre. —Mi hermana miró a Ana y entonces le extendió la mano.

—Puedo entenderla. —Anabel sonrió y me imaginé que sí la entendía.

Después del huracán Madeleine las cosas se calmaron un poco, pero a la hora del almuerzo apareció Patricio acompañado de Lisa y mis dos hermanas.

—Mandé al chofer a buscar a mis padres y a los tuyos, Rick, entonces vamos directo a casa para encontrarlos. —Patricio explicó y me alegré de no tener que ir al aeropuerto.

—¡Perfecto! Ahora es cuando te escapas, Madi. —Bromeé con mi hermana y se rió.

—¿Y perderme a nuestros padres regañándolos? Ah, querido, eso no me lo voy a perder. ¿Adivina quién también nos va a encontrar ahí? Mi nuevo cuñado. —Madeleine realmente se estaba divirtiendo y por la cara de Del, tenía miedo de lo que pasaría cuando nuestros padres supieran de su novedad.

—¡Eres imposible, Madi! Alencar, ¿vienes con nosotros? —Invité, Alencar ya sabía de todo y estaba seguro de que mi padre no perdería tiempo y estaría muy satisfecho con lo que Alencar tenía que contar.

—¡Por supuesto! —Alencar se puso de pie.

Cuando llegamos a casa de Patricio nuestros padres ya estaban ahí y Donaldo llegó en el mismo momento que nosotros. Apreté la mano de Anabel en la mía y entramos a la casa.

—¡Ah, llegaron! —Lucinda fue la primera en levantarse.

No hubo preámbulos, mis padres se acercaron a Anabel y a mí, muy serios y la examinaron con atención. Estaba nerviosa y cuando pensé en abrir la boca para ponerle un alto a la inspección de mis padres, mi mamá le sonrió y la abrazó. Ana no sabía qué hacer y tardó unos tres segundos en abrazar a mi mamá.

—¡Bienvenida a la familia, Anabel! —Había sinceridad y cariño en la voz de mi mamá.

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