—No uses el cuento del amor de padre como excusa —replicó Luis, observándola con indiferencia y soltando una risa amarga—. ¿De verdad creías que no sabía que gran parte del dinero que robaste terminó en la cuenta de tu querida madrecita?
Los gritos desgarradores de Adriana se cortaron en seco.
Lo miró con total incredulidad.
—Fui muy claro contigo desde el primer momento. Tu madre me tendió una trampa para quedar embarazada de ti. Si no fuera porque tus abuelos tuvieron buen corazón e insistieron en acogerte, ¿crees que seguirías viva?
—Pero tú fuiste una estúpida. El único interés de tu madre era usarte para sacarme dinero. Nunca sintió nada por mí, y a ti solo te vio como una chequera andante.
—Te di la vida de una reina, la mejor educación del mundo, y tus abuelos te dieron todo el cariño que supuestamente te faltaba. ¿Y tú? Siempre preferiste a esa víbora.
El tono de Luis era glacial:
—Eres exactamente igual a tu madre. Egoísta, avariciosa y podrida por dentro. Una malagradecida que muerde la mano que le da de comer.
Su fachada había caído por completo.
Sus patéticas excusas no eran más que un chiste de mal gusto.
En ese instante, el sonido de las sirenas de la policía empezó a escucharse a lo lejos.
Adriana comenzó a temblar incontrolablemente al escuchar ese ruido.
¡No quería ir a prisión!
¡No quería que la encerraran!
Era la heredera de los Quintana, tenía un futuro brillante por delante. ¡No iba a permitir que su vida se pudriera detrás de unas rejas!
¡Todo era por culpa de Kiara!
¡Todo por culpa de esa perra!
Si no hubiera sido por ella, seguiría siendo la consentida y poderosa nieta de la familia...
De repente, la mirada de Adriana se clavó en unas tijeras que estaban sobre un carrito de instrumental médico.
Y en ese momento, el último hilo de cordura se rompió en su cabeza.
Agarró las tijeras de un salto y se abalanzó contra Kiara:
—¡Todo es culpa tuya, todo es culpa tuya! Si yo me voy a la cárcel, ¡te juro que te llevaré conmigo!
Con el rostro retorcido por la locura, se lanzó a apuñalar a la joven.
Todo ocurrió en una fracción de segundo.
Nadie imaginó que Adriana tuviera las agallas para cometer un asesinato en medio de tanta gente.

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