Luis le había cruzado la cara de una cachetada con todas sus fuerzas.
—¡Ya eres adulta! Cada cosa que digas o hagas tiene consecuencias. Me importa un carajo si ella te lavó el cerebro o no. La que lo hizo fuiste tú, así que la responsabilidad es toda tuya.
El golpe fue tan brutal que la mitad de la cara de Adriana se hinchó al instante, y un hilo de sangre empezó a brotarle de la comisura de los labios.
Se tapó el rostro y rompió a llorar a gritos.
—Eres un monstruo —Luis ya no sentía la más mínima compasión por esa muchacha—. ¡No puedo creer que alguien de la familia Quintana se haya vuelto una basura sin corazón! Primero trataste de matar a Kiara engañándola con esa carrera callejera, y ni siquiera te he cobrado esa cuenta. ¡¿Y ahora te atreves a envenenar a tu propio abuelo?!
—¡Es tu abuelo! ¡La misma sangre, el hombre que te rio y te dio todo en la vida!
Aunque Luis nunca había sentido un gran apego por su hija, jamás descuidó su educación.
Además, Adriana había sido criada principalmente por sus abuelos, con los mejores tutores. No tenía sentido que hubiera terminado siendo tan perversa.
Pero ahora quedaba claro que el problema estaba en su esencia. Era una manzana podrida desde la raíz.
Adriana, agarrándose la mejilla adolorida, sollozó desconsoladamente:
—¡Papá, en lo de la carrera, yo fui la verdadera víctima!
—¡Esa maldita de Kiara se hizo la mosquita muerta y me manipuló para firmar ese contrato de vida o muerte! ¡Casi me mato en esa pista!
—Y además... ¡ella me obligó a quitarme la ropa! ¡Me sacó fotos y grabó videos asquerosos! ¡Mi reputación está arruinada! Si eso sale a la luz, ¡la familia Quintana será el hazmerreír de todos!
Adriana se sentía indignada:
—¡Cuando Kiara hizo todo eso, nunca se puso a pensar en el daño que le causaría a la familia!
—¡Papá, yo soy tu hija de sangre! ¡Me pasó todo esto, ella me empujó a esto! ¡¿Por qué la defiendes a ella?! Esa maldita quiere arruinarme la vida, quiere destruir a la fami...


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