Los ojos de Aguijón brillaron con fiereza.
—¡Ustedes se lo buscaron!
El sonido de los disparos estalló en el lugar.
¡El feroz intercambio de fuego resonó en todo el complejo!
Pronto, Simón logró romper las defensas exteriores y entró con sus hombres.
Un tiroteo a tres bandas se desató.
Nadie daba tregua.
Las fuerzas de Avispa Negra retrocedían a cada paso, completamente superadas.
Pero justo cuando Simón por fin encontró a Whitmore atado e iba a desatarlo...
¡BOOM!
Un ruido sordo retumbó. Una pesada puerta antibombas se cerró de golpe, separando a Simón y al doctor del resto de sus hombres.
Al instante, las luces del techo se encendieron, iluminando todo con un resplandor cegador.
Más de diez mercenarios fuertemente armados salieron de detrás de unos contenedores, apuntando todas sus armas directamente a Simón.
—¡Rex! —Aguijón apareció, mostrando una sonrisa retorcida y maníaca—. ¡No me importa si trajiste a La Muerte contigo! ¡Hoy tú eres mi único objetivo!
¡Si iba a morir, se llevaría a Rex con él!
Apretó los dientes, riendo con la locura de un hombre desesperado.
—¡Si quieres culpar a alguien, culpa a esa maldita bruja por no dejarnos otra salida!
¡Ratatatata!
Una lluvia torrencial de balas cayó sobre Simón y Whitmore.
Más de una docena de armas vaciaron sus cargadores, con la única intención de acabar con su vida.
Simón reaccionó rápido: agarró a Whitmore y rodó con él, buscando refugio detrás de unos contenedores oxidados.
Las chispas volaban por todas partes.
Simón se llevó la mano al rostro, sintiendo el corte ensangrentado que una bala le había rozado.
Whitmore, que ya estaba en pésimas condiciones, se retorcía de dolor tras el brusco movimiento.
Simón se limpió la sangre de la cara y frunció el ceño al ver al médico al borde de la muerte.
No podían quedarse allí.
Si esperaba un segundo más, Whitmore moriría.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Indomable: No soy la chica que echaste