¡Crash!
El tragaluz de cristal sobre sus cabezas estalló en mil pedazos.
Una figura esbelta descendió del techo como un rayo.
Antes de que alguien pudiera procesar lo que pasaba, los mercenarios solo vieron un par de destellos plateados cruzando el aire.
Al instante siguiente, sintieron un frío cortante en el cuello.
Ni siquiera tuvieron tiempo de gritar. Sus gargantas fueron rebanadas con precisión quirúrgica.
—¡La Muerte!
Las pupilas de Aguijón se contrajeron. Observó cómo esa delgada figura daba una vuelta acrobática perfecta en el aire y, con un simple giro de su brazo, otro hombre caía muerto.
¡Esa velocidad era surrealista!
Aguijón sintió que estaba reviviendo el infierno de hace cuatro años, cuando ella irrumpió sola en su base y lo aplastó bajo su bota.
Ese miedo visceral que le tenía, incrustado en lo más profundo de sus huesos, hizo que le temblaran las manos.
Cuatro años después...
¡La Muerte Viviente era aún más aterradora!
Ni siquiera usó un arma de fuego. Con un simple par de dagas gemelas, se deslizaba como un fantasma entre los mercenarios.
Por donde pasaba, la sangre salpicaba el suelo.
Los mercenarios ni siquiera lograban seguirla con la vista, mucho menos apuntarle para ver quién era más rápido: si sus balas o las dagas de ella.
¡Era una masacre unilateral!
Ni todo el poder de fuego del mundo podía detenerla.
Sin movimientos innecesarios ni alardes, avanzó en línea recta hacia Aguijón.
En menos de tres minutos.
Un espeso olor a hierro y sangre inundó el lugar.
El suelo estaba alfombrado de cadáveres de mercenarios.
—M-Monstruo...
La voz de Aguijón sonó ronca, llena de pánico extremo.
Observó a Kiara sacudir las gotas de sangre de sus hojas gemelas y avanzar hacia él paso a paso.
El terror paralizó su mente, impidiéndole siquiera pensar.


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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Indomable: No soy la chica que echaste