—Diseñadora número 4, ya puede presentar su pieza terminada —le recordó el presentador al ver que no se movía.
Catalina siguió inmóvil.
Del público salió una risa que ya ni disimulaban:
—En el taller se la pasó preguntándole todo al maestro joyero. Hacía un paso y preguntaba el siguiente. Casi casi quería que él lo hiciera. Yo creo que lo traía vuelto loco; hasta parecía que se iba a quedar pelón.
—Al principio el maestro joyero aguantó, pero luego ya parecía que estaba maldiciendo por dentro. Yo vi ese “casi terminado” y estaba para llorar. Seguro ni se anima a enseñarlo.
—¿Cómo alguien que hace un diseño así de impactante no sabe ni lo básico para fabricar?
—Con todo respeto… a mí se me hizo como que ni conoce su propio diseño. En el taller… ni sabía qué gemas usar para que la rosa y las espinas se vieran como en el boceto. Ni cómo se suponía que iban las espinas.
—Yo también lo sentí. ¿Cómo un diseñador puede verse tan perdido con su propia obra?
…
Los comentarios se oían claritos.
Palabra por palabra le llegaban a Catalina como agujas, y su cara se le puso más y más dura.
Sobre todo cuando empezaron a dudar de su diseño.
El corazón se le hundió.
Si en el lugar ya estaban hablando así…
Ni quería imaginar lo que diría el chat.
Si llegaban a sospechar que su diseño no era suyo…
Catalina no se atrevía ni a pensar en las consecuencias.
En la charola había un collar brillante, exageradamente lujoso.
A primera vista…
Se parecía muchísimo a lo que mostraba el boceto; llamaba la atención de inmediato.
Porque el diseño, de por sí, era impactante.
Y además, Catalina había usado diamantes en la cadena, así que el collar resplandecía.
Sí, era de esos que te obligan a voltear.
Pero al verlo de cerca…
La rosa, que debía ser lo más importante, se veía barata, como de material sintético. Los pétalos estaban gruesos y chuecos, sin un pulido fino.

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