En la pantalla, Catalina se veía todavía peor. Hasta le salió una capa fina de sudor frío en la frente.
En la escuela, claro que les enseñaron los procesos básicos.
Pero…
Pero ella nunca puso atención.
Lo veía y se le olvidaba. No se le quedó nada.
Ahora no recordaba absolutamente nada.
Catalina murmuró, apenas:
—Yo… yo soy buena para diseñar… La fabricación siempre ha sido mi punto débil.
El maestro joyero sintió que se emocionó de más.
Creyó que le había tocado una genio: un diseño increíble, parecido al de la gran Queen… pensó que era una todóloga, como ella.
Y que él iba a estar tranquilo toda la ronda.
Pero no…
Resultó que era una completa principiante.
De verdad quería saber qué había hecho en la escuela.
El maestro joyero respiró hondo y se obligó a calmarse:
—Según las reglas, yo solo puedo apoyar. Todo lo tiene que hacer usted. Si pudo diseñar algo así, supongo que ya tiene clara la imagen final en la cabeza. Hágalo como lo imagina; yo le voy diciendo cómo se usa cada herramienta.
Catalina se quedó pálida.
Pero era la regla, y tenía las cámaras encima. No podía pedir que él hiciera todo.
Solo le quedó ponerse a hacerlo, a fuerzas.
…
Seis horas se fueron como nada.
A todos se les notaba el cansancio.
El presentador, sin alargar, anunció por orden: cada diseñador debía empujar su carrito al centro para presentar su pieza.
Las cámaras los enfocaban desde todos los ángulos.
La primera en presentar fue la número 2.
Se notaba que era más profesional y conocía mejor el proceso; su pieza estaba bastante bien.
Pero Ángela, apoyando la barbilla en su mano con gesto pensativo, señaló varios problemas clave y dijo que la combinación de gemas no tenía buena estética, además de dar algunas sugerencias.
Luego fue el turno del número 4: Catalina.
Cuando escuchó su número, Catalina se quedó tiesa un momento.
Después apretó los labios y empujó el carrito, paso a paso, hasta el centro del escenario.
Se quedó mirando la tela roja… pero no se animaba a levantarla.

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