En la fiesta de mayoría de edad.
Aunque su relación con la familia Ibarra no se había hecho pública,
casi todo el tiempo se la pasaba junto a ellos.
Eso, de una u otra forma, llamaba la atención.
Sobre todo ahora que ya se había descubierto lo de Milagros.
Seguro mucha gente estaba adivinando cuál era su identidad real.
Y la familia Ibarra, por ser los que más se le acercaban en la fiesta, era la primera en estar bajo el reflector.
—Sí —dijo Vanesa, con la cara llena de orgullo—. Mi hija es tan buena en lo que hace que todos andan encima de ti. Nomás quieren sacarte información: quién eres, qué onda con la familia Carrasco… Entre líneas, lo que quieren es ver si te pueden emparentar con alguno de los suyos.
¿Emparentar?
Solo el nombre de Milagros
era suficiente para volver locas a esas familias de élite.
Al final, entre más dinero tienen, más se aferran a la vida y más le temen a la muerte.
Kiara sonrió, resignada.
—Por eso no quería hacer una reunión de “reconocimiento familiar”; no quería meterlos en problemas. Y mira… ni así se pudo evitar.
—¿Problemas? ¿Cuáles problemas? Hasta gusto nos da —dijo Vanesa, moviéndose en su silla para quedar de frente a Kiara—. Hoy me hablaron un montón, puro tanteo… y yo nomás pensaba…
Puso las manos sobre la mesa. Su mirada era suave, pero iba con cuidado, como midiendo terreno.
—Kiki, hoy que bailaste con Quino… ¿cómo te sentiste? A ese chamaco tu papá y yo lo vimos crecer. La verdad, como persona y como capaz, sí es bueno…
Mientras lo decía,
Camilo, por debajo de la mesa, le jaló discretamente a su esposa. Tenía los ojos bien abiertos.
Sí, bueno, podrá ser bueno…
¡pero eso no significaba que ese mocoso pudiera llevarse a su niña!
Vanesa le dio un pisotón y le echó una mirada de reojo para que no metiera ruido.
Vanesa lo fulminó con la mirada, ordenándole que se callara.
—Eso ya es asunto de Kiki y de Quino, ¿sí? Ya, ya. Que Kiki termine y se vaya a descansar. Mira la hora que es.
Vanesa le impidió a Kiara recoger el plato y la cuchara.
—Ya estuvo. Hoy mi Kiki fue la estrella; quedó molida. Súbete a descansar.
Kiara no pudo ganarle a su mamá, así que respondió bajito y obediente.
Cuando llegó al segundo piso,
Kiara alzó una ceja y le echó un vistazo a Escorpión: tenía las manos recargadas en el barandal, sosteniendo un pedazo de pastel más grande que su cara, y comía a mordidas, bien quitada de la pena.
Kiara dijo:
—¿Ya escuchaste lo suficiente?
Escorpión tenía la boca llena. Se tragó a fuerza, y hasta entonces sus ojos, bonitos y peligrosos, se le curvaron con picardía mientras le lanzaba una mirada coqueta.

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