—Muerte Viviente, tu familia es bien buena onda.
—Mi familia también es tu familia —dijo Kiara, subiendo—. Mira nada más, traes toda la boca llena de crema. Ni pareces la misma que en Sector 7, la que no se tentaba el corazón.
Sacó una servilleta del bolsillo y le limpió la crema que se le había pegado en la nariz.
—¿Cuánto tiempo te vas a quedar en Solarenia?
Escorpión parpadeó, dejándose limpiar como si nada.
—Depende. Si me dan ganas. Si está divertido.
Era una mujer con un encanto peligrosísimo, pero esa expresión obediente le daba un aire extra de inocencia.
El contraste era brutal.
Kiara sonrió.
—¿Y los encargos? ¿Ya te los vas a brincar?
Escorpión le dio otra mordida al pastel, esta vez chiquita, como para no arruinarle el trabajo a Kiara.
—Qué jefa tan canija. Años sin volver a la Liga Espectro y en cuanto regreso ya me quieres poner a chambear. Ni los burros de carga trabajan diario; yo llevo más de diez años dándole, ¿y no puedo tomarme unas vacaciones largas?
—Sí, sí puedes —Kiara soltó una risita—. Descansa lo que quieras. Pero ya vete a tu cuarto. Te costó venir a Solarenia; mañana salimos a pasear.
A Escorpión le brillaron los ojos y asintió como loca.
Su habitación estaba frente a la de Kiara.
Mientras seguía comiendo el pastel, Escorpión la vio entrar a su cuarto y cerrar la puerta.
Sus ojos no dejaban de moverse.
Todo lo que habían hablado abajo Muerte Viviente y los Ibarra, ella lo había escuchado.
Se conocían desde niñas; a Muerte Viviente la entendía perfecto.
Esa respuesta de hace rato: no lo admitió, pero tampoco lo negó.
Y eso bastaba para dejar claro que Joaquín… sí tenía un lugar en su corazón.
Con esa reacción, había algo, seguro.
Sus papás… como si ya se hubieran olvidado de ella.
En su mirada, en su corazón, parecía que solo existía Kiara.
Pamela estaba destrozada.
Quería usar todo eso de lo que siempre había estado orgullosa para demostrar que era mejor que Kiara, que podía más.
Quería que su familia viera que ella era más útil.
Pero la realidad le dio en la cara una y otra vez…
No le llegaba ni a los talones.
Ni siquiera en “utilidad”, quedaba por encima.
¿Entonces cómo iba a seguir peleando? ¿Cómo iba a seguir compitiendo?
—Señorita Pamela, ya no llore. Si se enferma, nada más le va a dar el gusto a esa desgraciada. —dijo Lucía, que se había colado a su cuarto aprovechando la noche. Con el corazón en la mano, le puso una mano en el hombro para consolarla—. Quién sabe qué cosas habrá aprendido en el rancho, pero trae bien mareados al señor y a la señora. ¡Usted no se puede rendir así!

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