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Indomable: No soy la chica que echaste romance Capítulo 521

No hay mujer que se resista a la tentación de las joyas.

Vanesa no era la excepción.

Y menos cuando se trataba de Queen, una marca de joyería de súper lujo.

Igual que muchas señoras de sociedad, ella era fanática de Queen.

Pero Queen era una marca internacional tan exclusiva que hasta la realeza tenía que hacer fila; no bastaba con tener dinero.

Vanesa, claro, tampoco se iba a poner a competir con gente joven por esas cosas.

En ese momento, al escuchar a Kiara decir que la Maestra Téllez iba a diseñarle joyas en persona, A Vanesa le brillaron los ojos.

—Kiki, ¿en serio?

—Sí. La Maestra Téllez me lo dijo a mí —respondió Kiara, y le lanzó una mirada a Perla.

Perla: «¿Eh?»

¿Ella había dicho eso?

Pero si la maestra decía que lo había dicho, entonces lo había dicho.

Perla asintió de inmediato.

—¡Sí, señora Ibarra! Con esa presencia, con esa clase… lo que mejor le queda son las joyas de Queen. ¡Yo misma le voy a diseñar un juego completo!

Vanesa se quedó entre sorprendida y feliz.

Ya era una suerte enorme poder conseguir joyas de Queen.

Y ni hablar de que la diseñadora en jefe de Queen, una maestra de talla internacional como Perla, se las hiciera a la medida.

Vanesa miró a Kiara, luego a Perla, todavía sin terminar de creerlo.

Kiara le apretó la mano.

—Mamá, si la Maestra Téllez ya lo dijo, acéptalo. Ya que estén listas, póntelas seguido; tómalo como hacerle promoción a Queen y ya.

Perla no esperaba que la esposa del hombre más rico de Clarosol, la señora Ibarra, fuera la mamá de su propia maestra.

Su actitud se volvió todavía más entusiasta; sonrió con una calidez casi exagerada.

—Sí, sí, señora Ibarra. Con que las use seguido y le dé visibilidad a Queen, para mí es el mayor honor.

Perla asintió una y otra vez.

—Sí, sí. La señorita Valdez tiene toda la razón.

Al final, Kiara no solo consiguió un diseño completo para Vanesa.

También pidió uno para Eloísa y otro para Escorpión.

-

Pasada la medianoche.

Dentro del rancho, los invitados empezaron a irse poco a poco.

En un carro estacionado no muy lejos de la mansión Carrasco, la familia Zúñiga seguía asomándose, vigilando.

Tristán Zúñiga estaba desesperado. Tenía la mirada clavada en la entrada, con los ojos inyectados en sangre de tanto esperar.

Los demás ya iban recargados en los asientos, agotados.

Afuera se escuchaban movimientos cada vez más seguidos.

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