Se activaron de golpe y todos clavaron los ojos en la entrada, esperando ver a la persona que buscaban.
Pero esperaron y esperaron.
Pasó media hora y esa persona no salía.
Catalina Zúñiga se apretó los dedos, nerviosa.
—Mamá… ¿y si la Maestra Téllez… se fue antes?
—¡Imposible! —Tristán, con los ojos enrojecidos, apretó el puño—. Ya averigüé: ese Maserati de allá es el de la Maestra Téllez.
Si el carro seguía ahí, ella todavía no se había ido.
Catalina se mordió el labio.
—¿Crees que sí nos reciba?
—¡Claro que sí! —Dana Zúñiga le jaló la mano, segura—. En cuanto vio el set de joyería que diseñaste, fue a buscar a tu papá y dijo que quería hablar contigo. Eso significa que lo vio y le encantó; reconoció tu talento y quiere tomarte como alumna.
Catalina estudiaba diseño de moda. Ella sabía perfectamente lo impactante que era el diseño que había escogido.
Por eso, sin pensarlo dos veces, aprovechó el momento de entregarle el regalo de cumpleaños a Eloísa para presumir sus joyas frente a todos.
Estaba convencida de que, con que las vieran las señoritas y señoras de las familias más pesadas, les iba a llamar la atención.
Y con eso, tendría una oportunidad de meterse en ese círculo.
Tenía esa confianza.
Dana siguió:
—Y si no fuera por Kiara, esa maldita, que se cree mucho porque tiene cara bonita y se va vendiendo para enredarse con hombres… y se acercó a la hija menor de los Carrasco… ¿nos veríamos así de humillados? Todo es por culpa de ella. Trae pura mala suerte.
—De verdad no se harta. Yo digo que vio tus joyas, te tuvo envidia y por eso le pidió a su hombre que nos sacaran.
Entre más hablaba Dana de Kiara, más se encendía.
Resopló y le dio otra palmada, más fuerte, a Catalina.
—Cata, el peso de la Maestra Téllez en este mundo no necesito explicártelo. Con que te acepte como alumna, aunque esa mocosa luego quiera aplastarte, ya no va a poder.
—En cuanto seas su alumna, Pamela Ibarra va a buscar cómo retenerte en su empresa de joyería. Y ahí, ¿quién crees que va a mandar?

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