—Acabo de escuchar que esas chavitas le decían “señorita Ibarra” a esa muchacha… ¿a poco es de los Ibarra?
—¿Los Ibarra? Yo ni sabía que la familia Ibarra tuviera otra hija.
—Con la actitud de los Ibarra… como que sí parece pariente de ellos…
Un montón de miradas curiosas se clavaron en los Ibarra y en Kiara.
Todos especulaban quién era esa joven: guapísima, con una presencia impecable, una pianista fuera de serie y, encima, tan cercana a la familia Ibarra.
Esos comentarios, una y otra vez…
Y, sobre todo, cada que mencionaban a la familia Ibarra, hacían que Pamela —todavía en el suelo, avanzando a rastras de rodillas— sintiera que el corazón se le iba a salir.
Apretó los puños con fuerza, con los ojos inyectados de rojo.
Le daba pavor que alguien se metiera más a fondo y, en cualquier momento, le destaparan la mentira de “señorita Ibarra”.
Si eso pasaba… se le acababa la vida.
Con los ojos llorosos, Pamela vio cómo todos los Ibarra rodeaban a Kiara, orgullosos, presumiéndola sin pudor, echándole flores por su nivel en el piano.
Toda la atención estaba puesta en Kiara.
Nadie volteaba a ver…
A ella, a la que habían obligado a hincarse en público y a arrastrarse de rodillas desde el salón hasta salir de la propiedad, tragándose la humillación.
La vergüenza y el miedo se le mezclaron hasta dejarla al borde del colapso.
Las lágrimas le fueron cayendo, una tras otra, por las mejillas.
Traía vestido de gala; aunque el piso tenía alfombra gruesa, las rodillas igual se le estaban raspando, dejando marcas rojas.
Pero ese dolor no se comparaba con el que traía por dentro.
Del otro lado…
Gaspar se abrió paso entre la gente y por fin llegó hasta enfrente. La presentación acababa de terminar y él estaba que se moría de emoción.
—Ajá… ajá…
Fernando, al verlo así, se molestó y lo señaló con el bastón, sin pegarle.
—Ponte serio. ¿Ya estás grande y sigues igual?
Gaspar abrió los ojos.
—¡Tengo veinte! Estoy chavo. Todavía puedo echar relajo.
—¿Veinte, cuál chavo? —Fernando levantó el bastón otra vez—. Mira a Joaquín: a los veinte ya podía con todo y ya había tomado las riendas de la familia Carrasco. ¿Y tú? Tú nomás sabes andar con tus “amigos” de cuarta, carreras, antros y videojuegos. ¿Tú qué sabes hacer?
Gaspar hizo un gesto.
—Joaquín es un caso aparte, un enfermo del trabajo. ¿Cómo me voy a comparar? Yo soy normal…
—¿Normal? —Fernando clavó el bastón en el piso con fuerza—. Yo digo que ya va siendo hora de conseguirte una esposa que te ponga en cintura.

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