—Señorita Ibarra, ¿hay algo en lo que pueda ayudarla? —Nicolás la miró con respeto—. Si hay algún problema, lo resuelvo de inmediato.
El mensaje era clarísimo.
Con que Kiara dijera una palabra, él se encargaba de esas dos en nombre de la familia Carrasco.
Las dos chicas de sociedad se pusieron pálidas al instante.
Catalina apretó los dedos con fuerza. Miró a Kiara y luego a Nicolás, con un coraje que le quemaba por dentro.
«¿Cómo es que esta Kiara se le pega a los hombres tan fácil… y todavía logra que se pongan de su lado así de ciegos?»
«Si el señor Carrasco se entera de que, además de coquetear con él, también trae al mayordomo de su casa… seguro la manda al diablo.»
«Y a este mayordomo lo van a correr, mínimo.»
Catalina se acercó a las otras dos y les habló al oído, bajito y a toda prisa:
—Elena, Alba… este Nicolás es el que la metió. Entre ellos dos hay algo, seguro. Él la está protegiendo, le está cubriendo la espalda.
A las dos se les endureció la cara. Entrecerraron los ojos y se pusieron a medir a Nicolás y a Kiara.
Mientras más veían, más les olía raro.
Esa… pueblerina.
Con tal de treparse, sí que era corriente.
Nicolás ya tenía edad de ser su abuelo y aun así…
Qué asco.
Las dos la miraron con desprecio.
—Nicolás, me da igual quién sea ella. Estamos en territorio de la familia Carrasco; nos golpearon aquí. La familia Carrasco tiene que responder y darnos una explicación.
En ese momento, en el escenario principal, Pamela terminó su pieza.
Como si apenas se diera cuenta del alboroto, volteó hacia allá.
Pero ni siquiera alcanzó a moverse cuando Yolanda le sujetó el brazo.
—¿A qué vas? ¿No ves que esos de la familia Ibarra ni siquiera se han levantado para ayudar a esa pueblerina? ¿Sabes qué significa? Que el plan funcionó. El señor Ibarra y la señora Ibarra no se atreven a reconocer en público que esa muerta de hambre es su hija.
Pamela se detuvo, como si le hicieran sentido las palabras.
La verdad, ni quería meterse; solo le preocupaba que luego en su casa le reclamaran y no pudiera zafarse. Ahora, con Yolanda frenándola, tenía la excusa perfecta.
Y, además… pensándolo bien, Yolanda tenía razón.
Si de verdad la estuvieran protegiendo como siempre, ya habrían corrido para allá.
Así que ellos también lo sabían: una pueblerina criada en el campo, que ni la prepa terminó y era una inútil para estudiar…
No tenía derecho a ser “la señorita” de la familia Ibarra.
En un evento así, no se atrevían a admitirlo.

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