Porque les daba vergüenza.
Pamela mantenía la cara de preocupación, pero en el fondo traía esa mirada de “a ver cómo se pone”. No tenía idea de que…
La familia Ibarra no se movía porque, antes de venir al debut, Kiara se los había dejado claro.
No quería llamar demasiado la atención en un lugar así.
Si ella se paraba junto a ellos, la gente iba a especular de más.
Era una petición de su niña; ellos, obviamente, la iban a respetar.
Y sobre todo…
Su niña no iba a dejar que nadie la pisoteara.
Si de verdad viera que la iban a perjudicar, ellos ya se habrían lanzado.
Claro que, aun así, ya tenían ubicadas a esas dos. Álvaro Ibarra estaba investigando a sus familias, viendo por dónde se podían quebrar.
Total: en cuanto terminara el evento, esas dos casas se iban a ir a la ruina.
¿Que su niña no quería que la defendieran de frente? Bueno, también podían hacerlo por detrás.
Mientras tanto, las dos chicas de sociedad, al ver que toda la atención estaba encima de ellas y que el escándalo ya era público, pensaron:
«Ni modo que Nicolás siga defendiéndola delante de todos.»
«¿A poco va a tener tanta cara?»
Si el asunto llegaba a oídos de los Carrasco, aunque fuera un viejo mayordomo de Fernando, si quedaba como alguien que usa su puesto para favorecer a alguien…
su puesto no le iba a durar.
Pero contra todo pronóstico, bajo la mirada de todos, Nicolás siguió sereno. Dijo, palabra por palabra:
—Las reglas de la familia Carrasco son tratar a la señorita Ibarra como invitada de honor. Si ustedes insisten en exigir una explicación, entonces que vengan sus mayores a hablar con la familia Carrasco.
—¡Señorita Benítez! —Nicolás la cortó en seco, con la voz dura. Se le enfrió la mirada—. Cuide lo que dice. La señorita Ibarra es la invitada más distinguida de la familia Carrasco. Discúlpese ahora mismo.
Las dos se encogieron en automático.
La cara se les fue del blanco al verde, los labios les temblaban… pero ya no se atrevieron a soltar otra.
Aun así, disculparse con una pueblerina salida del barrio… jamás.
Catalina vio que la cosa se les estaba volteando feo.
Ese viejo, de verdad, estaba decidido a proteger a Kiara.
Apretó los dedos y su mirada se fue al escenario.
Los ojos se le iluminaron, como si se le ocurriera algo. Y con ese tono empalagoso, arrastrado, soltó:
—Si Nicolás dice que la señorita Ibarra es tan importante, que es invitada de honor y además invitada del señor Carrasco… entonces debe ser súper talentosa, ¿no? Justo Pamela acaba de tocar el piano. ¿Por qué no sube usted, señorita “invitada de honor”, y nos muestra algo para que veamos?

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