No dijeron un nombre.
Pero con Fernando afirmando su decisión en público, y con el cariño y admiración que Eloísa mostraba sin filtro…
quedó claro algo: el heredero Carrasco sí tenía a alguien.
Y toda la familia Carrasco estaba encantada con esa persona.
La curiosidad de todos se disparó.
¿Quién era esa mujer capaz de ganarse a tres generaciones?
En ese momento, la que estaba peor era Pamela.
Sentía que todas las miradas sobre ella venían cargadas de burla.
Como agujas clavándosele.
Se moría de vergüenza y coraje; quería darse la vuelta e irse.
Pero al ver que Margarita seguía ahí, pensó que ahora la más humillada debía ser ella.
Sin embargo, Margarita solo se veía un poco seria; no parecía avergonzada ni derrotada.
Apretó los labios y miró directo a Joaquín.
—Señor Carrasco… ¿de verdad… ya tiene a alguien?
Joaquín alzó la mirada con calma. Esos ojos brillantes seguían con una sonrisa.
Vio a Margarita por encima, sin interés.
Luego levantó el celular con flojera, como mostrándolo.
Desde el ángulo de Margarita se alcanzaba a ver: en la pantalla había un chat.
La sonrisa de él se volvió más marcada. Suspiró, como si le pesara.
—Si me sigues hablando dos frases más, luego mi niña ya no se deja contentar.
Sonó a queja.
Pero el tono estaba lleno de cariño y consentimiento, sin esconder nada.
Cualquiera lo notaba.
Esa “queja” era puro alarde.
Presumiendo.
Y, si lo decía así…
¿la persona que le importaba estaba en el evento?
¿Quién?
¿Quién?
Los invitados se encendieron de chisme. Todos querían saber quién era esa mujer por la que el heredero Carrasco se cuidaba tanto… y a la que, encima, tenía que ir a contentar.
A esas alturas, nadie estaba pensando en Pamela.
Aunque los Carrasco no habían dicho el nombre de Kiara, y eso le salvaba por ahora la “identidad”…
el hecho de que lo hicieran público le cerró para siempre el camino a la familia Carrasco.
Todo el círculo lo iba a saber:
a Pamela la habían dejado fuera.
Sus ojos se le suavizaron.
En el celular, el último mensaje de él decía:
[¿Ya viste? Ni yo ni mi familia reconocemos a nadie más que a ti. ¿Escuchaste lo que dijo mi abuelo? ¿Cuándo lo vas a oficializar?]
-
Cuando Margarita bajó del escenario, aunque la rechazaron frente a todos, no se veía hecha pedazos; seguía elegante.
Pamela torció la boca, por dentro soltando una mentada:
—Qué ridícula, haciéndose la fina.
Le chocaba esa pose de “yo bien digna”.
¿Muy directa y muy intensa? Pues igual la mandaron al carajo.
No entendía de dónde sacaba Margarita la confianza para creer que podía ganarle.
Si no fuera porque Margarita quiso lucirse, ¿a ella la habrían arrastrado a este oso?
¿Habría perdido el “título” de prometida de Joaquín?
Pamela no aguantó y se le plantó enfrente, con esa cara dulce y falsa de “ay, pobrecita”.
—Señorita Solís, no se me agüite. Joaquín siempre ha sido así. Yo crecí con él, y ya me acostumbré después de tantos años.
Sonrió y bajó la voz.
—¿Quiere saber… quién es la mujer que le gusta?
***

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