Eran peces gordos.
Ninguno iba a hacer un show, pero esa forma de ignorarlo por completo era todavía más humillante que correrlo o burlarse en su cara.
Tristán se quedó a un lado. Apretó la copa tan fuerte que casi parecía que la iba a romper.
Al resto de los Zúñiga les fue igual.
Benjamín Zúñiga también andaba buscando acuerdos para la familia, y nadie lo pelaba.
El único que sí le “hizo caso” fue un tipo panzón, calvo de arriba, con mirada babosa, que se le quedó viendo la cara, pegajoso.
Le soltó, con doble intención, que si quería cooperación, sí se podía… pero que al terminar la fiesta tenía que irse con él.
Cualquier adulto entendía qué estaba pidiendo.
A Benjamín casi se le revolvió el estómago.
Desde que empezó a aprender a llevar el Grupo Zúñiga, no había visto algo tan oscuro ni había tragado una humillación así.
Él era hombre.
¿Cómo iba a hacer algo así?
Benjamín, claro, se negó.
El panzón soltó una risita.
—¿Y tú qué ofreces, entonces? Un grupo de segunda y todavía quieres que me interese.
Alrededor se escucharon risitas y comentarios.
Benjamín apretó y apretó los puños. Se aguantó y se aguantó, hasta controlar las ganas de hacer un escándalo en un lugar así.
Y Samuel Zúñiga…
Con solo acordarse del círculo de niños ricos que traía Eugenio alrededor de Kiara, se le atoraba el coraje.
Claro que no se iba a quedar atrás.
Quiso aprovechar el evento para colarse también con los juniors “top”.
Pero apenas se acercó, uno de ellos soltó, como si nada:
No dijeron nada, pero el desprecio en sus ojos era clarísimo.
Era obvio que se dieron cuenta: era falso.
Si ella había revisado y revisado; juraba que ese collar parecía real.
¿Cómo se lo detectaron?
Dana traía un coraje negro atorado y murmuró, venenosa:
—Si esa escuincla no se hubiera puesto de habladora en la entrada, nadie habría notado mi collar. Lo hizo a propósito, para verme humillada.
Tristán ya estaba de malas y todavía tenía que escuchar la voz chillona de Dana, que no paraba.
Y cada vez decía cosas peores.
¿En qué lugar estaban?
Si seguía con ese berrinche ahí, nomás iban a dar más pena.
—¡Ya! —rugió, fastidiado. Le lanzó una mirada fulminante—. Pues también tú, ¿para qué vienes a presumir con una cosa falsa? ¿Tú crees que aquí no se dan cuenta? Esta gente tiene ojo. Cualquiera lo nota. Tú misma te quemaste… y nos hiciste quedar mal a todos.

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