Por más que Gaspar siguiera hablando sin parar, Kiara no se detuvo.
Solo cuando él dijo quién era, lo miró un segundo, con flojera.
Y lo esquivó.
Se fue.
Así, sin más.
La espalda se le veía altanera y fría; con una seguridad que imponía.
A Gaspar ni le pegó en el ego. Se quedó viendo cómo se iba, embobado, y se le salió una sonrisa tonta.
El rubio y el de pelo verde se acercaron y le dieron un golpecito.
—¿Gaspar, estás bien? ¿Te traumaste?
—Esa morra está pasadísima de lanza… ¿quién es? ¿Qué clase de niña rica pelea así?
Gaspar ni reaccionó.
El de pelo verde le echó el brazo encima del hombro.
—Gaspar, traes cara de que se te fue el alma… ¿ya te enamoraste o qué?
Gaspar por fin regresó en sí. Miró al de pelo verde, que lo tenía pegado.
Le agarró la mano, con los ojos bien abiertos, emocionadísimo.
—Hermano… creo que… creo que me enamoré.
Se llevó la otra mano al pecho, donde el corazón todavía le martillaba.
—Sí. Es ella. Yo, Gaspar, en esta vida… me caso con ella o con nadie. ¿Vieron cómo me jaló del brazo? ¿Y cómo me cubrió cuando tiró el cuchillo?
—No… estuvo brutal. Me dejó mal. Ya valí, me fui de hocico al amor.
El rubio y el verde se quedaron un segundo en blanco y luego se soltaron riéndose.
El rubio lo molestó:
—No pues, Gaspar… con razón. A ti te gustan las que te dejan en el piso.
El verde le levantó el pulgar.
—Eso, Gaspar. Cuando por fin te gusta alguien, eliges la dificultad imposible.
El rubio se rascó la barbilla.
—Y además, esa belleza fría ni con el nombre de Joaquín se inmuta. La vas a tener durísima.
Gaspar, con la mano en el pecho, se quedó viendo hacia donde se fue Kiara.
—En territorio de la familia Carrasco hacen sus cochinadas y todavía creen que se van a ir enteritos.
—¿Y todavía querían humillar a una chava? No les alcanza.
—Ustedes dos, vengan. Ayúdenme a sacarlos de aquí y a entregarlos. Quiero que aprendan cómo se las gasta la familia Carrasco.
-
Dentro de la mansión de la familia Carrasco.
Aunque la fiesta de mayoría de edad aún no empezaba oficialmente, ya había un montón de gente importante platicando y riéndose, con copa en mano.
Pero en medio de tanto lujo y ruido, la familia Zúñiga se veía totalmente fuera de lugar, como si hubieran entrado donde no pertenecían.
Tristán Zúñiga apenas llegó y ya estaba pensando en a quién arrimarse para conseguir alianzas, cerrar tratos… lo que fuera para salvar al Grupo Zúñiga.
Con una sonrisa forzada y servil, intentó meterse al círculo de unos empresarios que conversaban como si nada.
Alzó la copa y alcanzó a decir:
—Soy Tristán, del Grupo Zúñiga…
Ni terminó.
Los hombres apenas lo miraron, asintieron con cortesía distante y se voltearon para seguir con lo suyo, dejándolo ahí, colgado.

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