Joaquín metió una mano al bolsillo y se dejó caer otra vez en la silla. Con aire de presumido, se tocó la mandíbula marcada y hasta levantó la barbilla para lucirse.
—Abuelo, no entiendes. A ella… sí le gusta esto —sonrió como zorro que se acaba de robar algo—. La de “hacerme el guapo” sí funciona.
—¿Funciona? —Fernando lo miró con más asco—. Si funcionara, ¿por qué salió corriendo?
—Le dio pena —Joaquín volteó los ojos—. Abuelo, ¿de verdad no lo ves? Entonces, ¿cómo le hiciste para que mi abuela te pelara?
—¿Te emocionas porque se puso roja? ¡Pues conquístala de una vez! —Fernando se acercó y le picó el pie con el bastón, harto—. ¿Te crees que soy como tú? Yo, cuando cortejaba a tu abuela, iba en chinga.
Joaquín sonrió, se sobó la barbilla y miró hacia donde Kiara se había ido.
—Abuelo, eso fue en tus tiempos. Ahora es diferente. Tú no entiendes a los jóvenes.
Que a ella le diera pena…
Significaba que él sí le importaba.
Por lo menos, su cara y su comida sí la atrapaban.
Con eso bastaba.
Lo demás… era cuestión de meterle más ganas.
Fernando, al verlo tan satisfecho, chasqueó la lengua.
—Sí, sí, tú entiendes. ¿Y entonces por qué no avanzas? Una muchacha como Kiarita trae gente atrás. Como alguien se te adelante, te vas a arrepentir tarde.
Joaquín seguía sonriendo, flojo, como si nada.
Pero sus ojos se oscurecieron un poco; se le fue la pereza y le entró una frialdad filosa.
—Nadie me la va a quitar. Kiara va a ser mía.
—
Kiara salió del salón con el contenedor en la mano.
No se detuvo hasta llegar al jardín trasero, donde el aire ya traía un poquito de fresco en la cara.
Ahí sí se paró.
La brisa no le bajó el calor de la cara.
Y el corazón todavía le latía, una y otra vez.
Se dio unas palmadas en las mejillas.
Ese zorro descarado…
Cada vez que se le antojaba, se ponía a “lucirse”.
Y ella sentía que…
Lo hacía a propósito.
Se aprovechaba de su cara.
Kiara pensó que mejor se calmaba tantito antes de regresar al banquete a buscar a sus papás.
El evento de los Carrasco era en una propiedad de la familia.
La zona a la que había ido Kiara era un área privada para descansar.
El banquete estaba del otro lado, al aire libre, a medias.
Detrás del área privada había un jardín de estilo europeo.
—Kiara, ¿qué haces escondida aquí?
Mientras hablaba, seguía volteando a todos lados, como buscando a alguien.
Kiara la miró con frialdad. De inmediato entendió qué traía.
—Este lugar no es para ti.
Los invitados de la fiesta de mayoría de edad de Eloísa solo podían moverse por el área del banquete.
El jardín trasero era parte privada de la familia Carrasco.
—Si tú puedes venir, ¿por qué yo no? —Catalina no encontró a quien buscaba y se notó decepcionada.
Soltó una risita burlona.
—Andas aquí a escondidas… ¿o qué? ¿Haciendo algo que no se puede ver?
Kiara la miró como si estuviera viendo a una payasa.
Ni ganas le dio de contestarle.
Levantó el contenedor y se dispuso a irse hacia el banquete.
La indiferencia de Kiara le retorció la cara a Catalina. Se le fue encima y le bloqueó el paso.
—¡Ya deja de actuar! ¡Yo vi cómo te fuiste a escondidas con un viejo! ¿Qué? ¿No te sirvió? ¿Tan rápido se acabó?
—Qué asco das, Kiara. Con tal de meterte al banquete de la familia Carrasco, ahí andas pegada al señor Carrasco. Hasta con un anciano te atreves… qué asco.
***

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