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Indomable: No soy la chica que echaste romance Capítulo 396

—¿Ah, sí?

A Joaquín lo empujaron y quedó recargado de lado contra el respaldo. La camisa, ya desabotonada, se le abrió todavía más en el pecho.

Él ni se movió. Se quedó así, mirándola con esos ojos coquetos y descarados.

—Con que… ¿así que Kiki sí lee novelas seguido? Mira nada más qué experta.

Kiara estaba sentada frente a él.

Desde ese ángulo, era imposible apartar la vista de los músculos que dejaba al descubierto… y de ese tono rosado apenas visible.

A Kiara le tembló un poquito la mirada.

Con un hombre que, a la menor provocación, se ponía a lucirse y se soltaba con un coqueteo descarado…

De plano no se acostumbraba.

—Kiki, ¿quieres ver? —El hombre levantó la mano. Sus dedos largos se posaron sobre el saco color vino.

Lo sujetó con toda la intención y, como si lo hiciera en cámara lenta, se lo fue bajando poquito a poquito del hombro.

Descarado hasta el límite.

—Todavía falta para el banquete, Kiki… ¿qué dices? ¿Quieres “revisar”?

Ni así se detenía con su show.

A Kiara ya no solo le brincaba el párpado: hasta la comisura de la boca se le movía.

Apretó el puño y lo soltó; lo volvió a apretar.

Se aguantó una y otra vez para no estrellárselo en la cara.

—¡Ejém! ¡Ejém, ejém, ejém!

De pronto, desde la puerta llegó una tos exageradísima, a propósito y ensordecedora.

Fernando y Nicolás estaban ahí parados, quién sabe desde cuándo.

Fernando, apoyado en su bastón, miraba a su nieto con una expresión… imposible de describir.

Había escuchado que Kiarita venía y se había apurado para alcanzarla, para decirle un par de palabras y agradecerle las pastillas que le había mandado hace poco.

Y al llegar, ¿qué se encontraba?

A su nieto, el mismo que “no se le acercaba a las mujeres” y se daba aires de santo, ahí estaba, con la ropa hecha un desastre, luciéndose frente a una muchacha…

El coraje y la pena que sintió…

No le cabían en palabras.

Y eso que él sí quería que Kiara terminara siendo su nieta política.

Pero ya de por sí pensaba que su nieto no estaba a la altura de Kiara.

Y con esto…

Peor.

Qué vergüenza.

Nicolás, en cambio, tenía la cabeza agachada y los hombros le temblaban: claramente se estaba aguantando la risa.

Kiara levantó la vista, atónita, hacia los dos en la puerta.

Ella se quedó sin palabras.

Se le puso roja la oreja de golpe.

Se paró de un brinco.

—Don Fernando…

Joaquín, en cambio, ni se inmutó. Con toda calma se enderezó, todavía con esa postura floja y relajada.

Con un movimiento de los dedos, se acomodó la camisa; luego, sin prisa, se abotonó uno por uno.

En la cara no se le veía ni tantita pena. Al contrario: le sonrió a Fernando.

Sin darse cuenta, encogió los dedos.

Luego se movió, y con voz seca y apurada dijo:

—Yo… yo mejor voy a buscar a mis papás. Seguro ya se desesperaron esperándome…

Y se fue directo hacia la salida del salón.

Dio dos pasos.

Se acordó de algo.

Regresó, agarró el contenedor de comida de la mesa y lo cerró bien.

Luego, como si nada, se lo llevó.

Si iba a irse, mínimo se llevaba eso.

Con el numerito del “zorro descarado”, ni siquiera había quedado satisfecha.

Y la verdad… su comida sí le gustaba.

Joaquín la vio irse cargando el contenedor, paso a paso, como siempre.

Como si por dentro no le hubiera movido nada.

Pero… iba más rápido de lo normal.

Sí parecía que estaba huyendo.

Joaquín se rió bajito. Sus ojos se curvaron y se le hicieron ondas de risa en la mirada.

En cuanto Kiara se fue, a Fernando se le cayó la sonrisa. Golpeó el piso con el bastón y lo miró con desprecio.

—Mírate nada más. Tanto tiempo detrás de la muchacha y ni así la conquistas. Con esa cara que te dio la familia Carrasco, y tú desperdiciándola.

***

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