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Inalcanzable: Mi esposa ya no me ama romance Capítulo 376

Y luego estaba Hugo Yáñez. Ese infeliz casi lo manda a la otra vida con unas cuantas palabras.

A lo largo de su vida, Ricardo apenas conocía el sabor de la derrota; su único gran fracaso, el que destrozaba su ego de macho, había sido el no poder conquistar a Cristina.

Había aceptado la invitación de la mujer no tanto por amor, sino más bien por el maldito capricho de no soportar sentirse como un perdedor.

Años atrás, cuando ambos estudiaban en el extranjero, él era el rey de los estudiantes, el más brillante. Y ella, por supuesto, la reina intocable.

Eran el centro de atención; todos daban por sentado que terminarían juntos.

Ella era tan excepcionalmente perfecta que despertó su interés. Pero apenas él dio el primer paso, ella lo bateó con un 'estoy enfocada en mis estudios, no quiero distracciones románticas'.

Semejante rechazo solo le echó gasolina al fuego.

Ricardo se juró a sí mismo que la haría suya, costara lo que costara.

Años después, tras graduarse y amasar su fortuna, regresó con la intención de declarársele como un campeón, solo para toparse con la sorpresa de que ella ya se había casado.

Y no solo eso, sino que traía arrastrando un dramón amoroso de proporciones épicas.

Ricardo jamás entendió qué le faltaba para superar a los Yáñez.

¿Por qué diablos Cristina prefirió casarse con el hermano menor y vivir en un enredo con Hugo, en lugar de ser la impecable señora de Zarate, dueña y señora de un imperio intachable?

Las humillantes palabras de Hugo habían pisoteado su orgullo de hombre de tal forma, que le desencadenaron un ataque de su enfermedad tras años sin recaer.

Menos mal que una mujer corrió a socorrerlo. También recordaba vagamente haber visto a Yago Leal metiendo las manos, pero el resto era borroso.

—¿Fuiste tú quien me trajo al hospital? —le preguntó directamente a Cristina.

La pregunta la agarró en curva.

Tras dudar unos segundos, decidió que lo mejor era soltar la verdad:

—Fue Hugo... Te juro que yo no me di cuenta de lo que pasaba.

El rostro de Ricardo se transformó en una máscara de indignación:

—¿No te diste cuenta o preferiste hacerte la ciega?

Él cerró los ojos por un segundo y suspiró. Tampoco quería verse como un tipo rencoroso y miserable. Ver a la mujer que había idealizado por tantos años rebajarse y suplicarle lo ablandó un poco.

Si la hacía sufrir, los chismes dirían que Ricardo Zarate destruía a las mujeres que lo rechazaban.

—Te estás ahogando en un vaso de agua. No te guardo rencor.

Al final, la culpa era suya por seguir siendo un arrastrado tras una fantasía juvenil.

Cristina seguía mirándolo con la respiración entrecortada, aterrada de perder el negocio de su vida.

Al ver esas lágrimas asomándose en sus ojos, Ricardo bajó la guardia.

—No te culpo. Sé que estabas en medio de una presentación crucial. Cualquiera en tu lugar habría estado bajo presión. Cristina, estoy bien, deja de mortificarte.

Le pasó un pañuelo de papel para que se secara las lágrimas.

Cristina lo tomó, se secó delicadamente las comisuras de los ojos y lo miró de reojo, moqueando con una vulnerabilidad fingida.

—Entonces... esto no arruinará nuestra alianza con Corporativo Alba, ¿cierto? Todo el mundo lo sabe ya, y me consta que tú eres un hombre que siempre cumple su palabra.

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