Gustavo esperó hasta que la figura de Bonifacio desapareció de su campo de visión antes de desviar la mirada.
Irmina notó la tristeza en los ojos de Gustavo y, tras un momento de silencio, le habló en voz baja.
"Abuelo, esto no tiene nada que ver con el señor Belmonte. Tal vez él también fue presionado y no pudo negarse, por eso vino a verte tantas veces. No deberías preocuparte por esto."
Con los años, muchos de los viejos amigos de Gustavo habían fallecido o enfermado, y no le quedaban muchos con quienes compartir.
Irmina temía que el ánimo de Gustavo se viera afectado por este asunto. Aunque Bonifacio había sido insistente en los últimos días, ella no le guardaba rencor a él, sino que su aversión hacia Samuel crecía.
Alguien que no se preocupa por la seguridad de su propio padre, que no tiene reparos en poner en aprietos a un anciano, y manipula a quienes lo rodean, no tiene remedio alguno.
Dejar a una persona así sin castigo sería como tener una bomba de tiempo al lado.
Gustavo suspiró profundamente, con una mirada cargada de seriedad.
"El señor Belmonte no debería involucrarse tanto. Solo es el tío de Samuel, no tendría por qué invertir tanto esfuerzo en esto."
"Me preocupa que haya algún interés oculto que lo obligue a mediar en esto."
Irmina frunció el ceño al escuchar esto.
Bonifacio, a su avanzada edad, no podía ignorar la actitud de Gustavo en este tiempo. Si seguía insistiendo, algo más debía haber detrás.
"Abuelo, ¿quieres que investigue?"
Gustavo negó con la cabeza.

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