Dejó caer el pañuelo sobre el lavamanos, justo al lado de él.
Ya ni siquiera tenía la mínima intención de lavarlo por él.
Gonzalo observó la expresión en el rostro de Noemí; seguía sonriendo, manteniendo un aire educado.
Pero estaba claro que se había dado cuenta de su excesiva fobia a los gérmenes.
Y era probable que se hubiera sentido ofendida.
Después de todo, a nadie le gusta que lo traten como si fuera una bacteria.
Una sonrisa apareció en los labios de Gonzalo: —De acuerdo, yo me encargo de ello.
Noemí asintió y dio media vuelta para salir.
Mientras caminaba, una ola de molestia se apoderó de ella. ¿Acaso tenía pinta de estar sucia? ¿Qué tipo de persona tenía una fobia tan enfermiza por la limpieza? ¡Apenas y lo había rozado! ¿Acaso cada vez que venía, él mandaba a desinfectar el sofá donde se sentaba o las cosas que tocaba de pies a cabeza?
Si era así, ¿para qué vivía en el mundo real? Debería conseguir una burbuja de oxígeno y aislarse de la humanidad de una vez por todas.
Gonzalo sabía perfectamente que Noemí se sentía ofendida.
Pero él era así.
Criado entre algodones, siempre había sido extremadamente particular con todo; y era verdad que tenía fobia a los gérmenes, odiaba cualquier tipo de contacto físico.
Solo que normalmente, cuando las personas se daban cuenta, siempre intentaban disimular o cooperaban con una sonrisa forzada.
Que alguien le lanzara un comentario mordaz como lo hizo Noemí, era la primera vez.
Gonzalo miró el pañuelo.
Llamó a una de las empleadas de servicio: —Deshazte de esto.
Estaba tan acostumbrado a hacer lo que le placía que, lógicamente, no le dio importancia a ese pequeño incidente.
A fin de cuentas, Noemí era solo una contratista grabando el documental de Mateo. Una vez terminaran, nunca se volverían a ver; por eso, esos pequeños roces, no eran de gran importancia.
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Noemí tampoco se obsesionó demasiado con el asunto.
Aunque la tratara como una enfermedad con patas, si de algo presumía era de su enorme resiliencia, logrando olvidarse de los disgustos en tiempo récord. Su consuelo era que el pequeño Mateo era un encanto de niño.
En realidad, muchos niños dentro del espectro autista tienen una tendencia a estallar emocionalmente de forma imprevista: episodios de llanto, actitudes autolesivas o problemas serios de comunicación, entre otras cosas.
Pero con Mateo apenas se presentaban esos comportamientos.
Ni lloraba, ni hacía berrinches, ni armaba un escándalo.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Fui yo quien te dejé, Sr. Zambrano
Me gusta la historia, pero creo que le han puesto demasiado a la trama y se está haciendo muy larga...
¿Cuándo se publicaran más capítulos?...
Porque no hay más capítulos...
Que lastina que no esta gratis para poder leerlo😭😭...