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Fui yo quien te dejé, Sr. Zambrano romance Capítulo 987

Noemí no conocía muy bien a este tal Gonzalo Salgado. Después de todo, sus únicos encuentros eran cuando ella iba a su casa a pasar tiempo con su sobrino; él casi siempre la acompañaba de cerca, sentándose a tomar su café y a ver las noticias, mientras de vez en cuando le echaba un vistazo al niño.

Además de los asuntos relacionados con el pequeño, no hablaban de nada más.

Ambos se trataban como si fueran transparentes.

Pero después de más de medio mes de trabajar allí,

podía darse cuenta del tipo de persona que era Gonzalo; parecía un hombre educado y correcto con todo el mundo, siempre capaz de bromear con sus invitados, pero en realidad, era del tipo que era mejor tener a distancia.

Sentía que era un hipócrita de manual.

Afortunadamente, ella y el pequeño Mateo se llevaban bastante bien, y su jefe tampoco le exigía mucho.

Noemí pensaba que no estaba mal.

Un jefe callado y que no daba problemas, era la fórmula para ganar dinero fácil.

—Julia, sírvale algo de tomar a la Señorita Solís —indicó Gonzalo.

Julia se acercó con una sonrisa amigable: —Señorita Solís, tenemos té negro, café, ¿qué le gustaría tomar?

Como no había dormido bien por quedarse hablando con Vera toda la noche, Noemí seguía medio adormilada y simplemente señaló en dirección a Gonzalo: —Lo mismo que él, por favor, huele muy rico.

Gonzalo la miró de reojo.

Julia sonrió y se fue a prepararlo enseguida.

Mientras Julia regresaba con el café, las otras empleadas bajaban las escaleras guiando a un niño con un rostro angelical. Al ver a Noemí, el niño no dijo ni una sola palabra, pero un sutil brillo apareció en sus ojos; soltó la mano del ama de llaves y caminó rápidamente hacia donde estaba ella.

Justo en el momento en que Julia venía con la bandeja del café.

El pequeño niño chocó contra ella.

Con rápidos reflejos, Noemí agarró al niño y lo jaló hacia ella, haciendo que el café se derramara sobre sus hombros y se deslizara por sus brazos.

—¡Ay Dios mío, perdón, perdón! ¿Se encuentra bien? —preguntó Julia en pánico.

Noemí le restó importancia agitando la mano: —Tranquila, no pasa nada, el pequeño Mateo también está bien.

—Tome esto para limpiarse —Gonzalo dejó su iPad a un lado y le tendió un pañuelo de tela doblado con precisión milimétrica.

Noemí bajó la vista hacia el café escurriéndose por su brazo, le dio las gracias y extendió la mano para tomarlo.

Pero en ese instante, en su intento por agarrar el pañuelo, agarró accidentalmente la esbelta y firme mano del hombre.

Noemí alzó la mirada.

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