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Fui yo quien te dejé, Sr. Zambrano romance Capítulo 989

Pensó que sus ojos le estaban jugando una mala pasada.

Dio un paso atrás y volvió a mirar.

Y ahí seguía, la misma escena absurda.

Esa tal Noemí Solís, estaba sentada en un taburete alto de la cocina, comiendo galletas y dando órdenes a diestra y siniestra, con una falta de tacto escandalosa, a su sobrino, que ni siquiera le llegaba a la altura del taburete: —No, no, cariño, hay que precalentarlo primero, empieza de nuevo.

—Así no. Ve a buscar los mejores granos de café de tu tío, a ver cuáles escojo.

—¡Ay, lindo! Tienes que ajustar bien el seguro.

—¡Guau! ¡Qué rápido aprendes! De ahora en adelante, solo voy a tomar el café que tú me prepares.

—¿Te sientes orgulloso? Alguien tan exigente como yo solo tomará el tuyo. ¿Acaso no es un honor?

Gonzalo: "..."

De verdad pensó que estaba alucinando.

A Mateo lo trataban en esa casa como un cristal delicado, a punto de romperse a la menor provocación; y para colmo, más de cinco criadas estaban dedicadas a cuidarlo en cuerpo y alma, cada una con su propia responsabilidad. El niño, a sus escasos años, ni siquiera había tenido que servirse un simple vaso de agua.

Mucho menos desde que enfermó.

Pero ahora, ¿estaba siendo... adiestrado por esta mujer llamada Noemí?

Apretando los labios, sus ojos buscaron instintivamente la figura de su pequeño sobrino. El niño seguía con la cara seria, ni un lloro ni un murmullo; pero en cuanto la mujer le dio otra orden, la siguió al pie de la letra, con torpeza, pero la seguía.

El pequeño se revolvía torpemente entre los utensilios, cometiendo errores a cada paso.

Sus ojos se veían enrojecidos, a punto de derramar lágrimas.

Mientras tanto, la mujer con la cámara en mano seguía hablando sin parar: —No pasa nada, yo tengo todo el tiempo del mundo, empieza de nuevo. No quiero nada a medias, me voy a quedar aquí esperando a que Mateito me prepare la taza más perfecta.

No sabía si Mateo lo hacía de buena o mala gana.

Lo único claro era que Noemí se la estaba pasando de lo lindo.

Incluso le estaba aplicando chantaje emocional a un niño de seis años.

"..." Gonzalo hizo un amago de hablar, intentando frenar a esa mujer de martirizar a su sobrino, pero la situación era tan irreal que lo detuvo en seco.

Tanto tiempo había pasado Mateo encerrado en su propio mundo,

donde hasta para comer y dormir necesitaba ayuda para mantenerse con vida.

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